Muerte súbita (fragmento)Álvaro Enrigue

Muerte súbita (fragmento)

"La madrugada del 14 de agosto de 1599 en que Caravaggio transportó el cuadro sobre la decapitación de Holofernes del Palazzo Madama al del banquero, seguramente era acalorada, por lo que el artista no debe haber llevado la legendaria capa negra en la que aparece embutido en absolutamente todas las descripciones –y hay muchas– de sus detenciones en los precintos policiacos de Roma.
Merisi era un hombre extremo, desesperado. Entre el verano y el otoño de 1599 tuvo uno de sus periodos más productivos, por lo que debe haber estado nerviosamente sobrio cuando entregó el cuadro en el Palazzo Giustiniani –las ojeras rojas, la piel opaca, la mirada de extravío de los que han trabajado por días seguidos sin descansar. Caravaggio no dibujaba: pintaba directo con óleo sobre el lienzo y desconfiaba de la imaginación en que era pródigo el manierismo; representaba en su estudio, con modelos reales, las escenas que iba a pintar. Las elaboraba de un solo golpe, trabajando milimétricamente por días y con fuentes de luz controladas que imprimía en la tela tal cual las veía.
La escena en que Judit corta la cabeza del rey Holofernes sucede de noche, así que el cuadro debió ser trabajado con las ventanas del estudio bloqueadas y los modelos iluminados por velas. Lo más probable es que Caravaggio haya entregado la pieza en el momento mismo en que decidió que estaba terminada. Le urgía dinero para comprar los materiales que le permitieran ejecutar, ahora sí, los óleos monumentales de San Luis de los Franceses.
Debe haber cruzado la plaza rápido, a escondidas como iba, sin saludar a los vagos que lo habrían extrañado durante las noches que le tomó pintar el cuadro. Lo llevaría expuesto porque no podía ni protegerlo con una tela –un óleo tarda años en secarse– ni recargar la superficie pintada en el hombro. Una vez en la puerta del Palazzo Giustiniani, lo habrá bajado y, recargándolo en las punteras de sus botas para que no se ensuciara con la tierra del piso, habrá tocado la aldaba con una mano mientras equilibraba la pintura sobre el empeine con la otra.
Giustiniani era un hombre con horarios de cazador, de modo que a la llegada de Caravaggio debe haber estado en el despacho, viendo los cierres de cuentas de la tarde anterior. O en el patio mismo, cepillando las crines de sus animales antes de que los caballerangos los alimentaran. Ya habría tomado su taza de chocolate, el único lujo que se daba. Alguien lo habrá llamado, para preguntarle qué hacían con un loco que estaba ahí afuera con un cuadro horrible. Si estaba en el patio, probablemente haya sido una de las cocineras la que se adelantó con el anuncio: Es horroroso. ¿El cuadro o el loco? Los dos, pero más el cuadro. Denle algo de comer, que deje la pieza en la cocina. Y habrá corrido al studiolo a sacar la segunda mitad del pago de su secreter. La salida está registrada en sus libros con su propia mano: «Ago 14 / 60 scudi / Pitt Merixi.» Tal vez desde entonces haya empezado a acariciar la posibilidad de montar ese cuadro ahí, donde nadie más que él podía verlo.
Durante años se pensó que esa excentricidad –mandar pintar un cuadro para ser su espectador único– se debía a la violencia brutal que despliega el lienzo: la heroína jalando la greña del tirano con una mano mientras con la otra le rebana el pescuezo como si fuera un cerdo, la cabeza ya torcida porque está por desprenderse, los chorros de sangre, los pezones enhiestos, la excitación tan grotesca de la criada que hamaca una tela para recibir el despojo cuando ceda el último tendón. Esa explicación, sin embargo, no daría razón para el derrotero que siguió el cuadro: en algún momento Giustiniani se lo regaló –con todo y cortinas– a Ottavio Costa, otro banquero genovés, socio suyo en las inversiones vaticanas más cuantiosas y compañero de cacería. "



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