Esos cielos (fragmento)Bernardo Atxaga

Esos cielos (fragmento)

"La lectura del poema la transportó a la cárcel. Se vio a sí misma tumbada en la litera de su celda y escuchando las risas de la gente que, la noche del viernes o del sábado, pasaba por alguna calle próxima a la cárcel; escuchando aquellas risas y pensando que, a pesar de todo, el amor era la cuestión más importante de la vida. Que el tópico era cierto, que los poemas chinos decían la verdad, que incluso las canciones más tontas tenían razón en ese punto.
Los ojos se le fueron de nuevo hacia el cristal de la ventanilla. Las colinas que habían aparecido después del desierto gris estaban cubiertas de maleza y tenían zonas cultivadas, pero seguían estando desiertas. Por un momento, pensó en los insectos, en los ratones, en los pájaros que debían de vivir allí. Luego pensó en el silencio que rodearía la vida de aquellos seres, y en lo dura que sería aquella vida. Pero no debía compadecerlos: los insectos, los ratones y los pájaros eran seres muy fuertes, preparados para hacer frente a la desgracia.
También el interior del autobús estaba en silencio. No ocurría nada, todo estaba tranquilo. La película del vídeo había terminado. Las dos religiosas dormitaban en sus asientos. La azafata leía una revista. El viajero con aspecto de boxeador había regresado a su asiento.
«Eso ha estado muy bien», pensó, recordando la carta que había depositado en el buzón de Barcelona. No, no quería volver a ver al amigo de sus últimos años. Vaite a merda, Andoni. La soledad era preferible a las relaciones mediocres. En realidad, cualquier cosa era mejor que una relación mediocre.
Apagó el cigarrillo y se restregó la cara por segunda vez. Tenía que frenar el movimiento que se apoderaba de su mente. Pensaba demasiado, recordaba demasiado, se cansaba demasiado.
«Tengo que controlarme», pensó. Pero sabía que era difícil. Después de los cuatro años en prisión, rodeada siempre por los mismos objetos y las mismas personas, sometida día tras día al mismo horario, todo lo que iba encontrando fuera le resultaba agudo y violento y arrastrando a su espíritu a una especie de vaivén en el que, vertiginosamente, lo blanco sucedía a lo negro, la euforia a la depresión, la alegría a la tristeza. Lo peor era que los altibajos la fatigaban, le robaban las energías que tanto iba a necesitar a partir del día siguiente, en el mundo de verdad, no en el de sus sueños o en el del autobús que viajaba por una autopista anónima y casi abstracta. ¿Encontraría trabajo? ¿La admitirían en el hospital donde había trabajado antes? Seguramente no. Al parecer, así se lo había dicho su padre en una carta, las nuevas promociones de enfermeras habían cubierto todas las plazas, las buenas y las malas.
El autobús comenzó a frenar, y ella se encontró de pronto mirando al conductor del coche que en ese instante les estaba adelantando. Era un joven delgado y bien vestido, y llevaba el asiento de atrás lleno de periódicos. ¿A qué se dedicaría? ¿Tendría un trabajo fijo? ¿Cuánto ganaría al mes? Y las enfermeras, ¿cuánto ganarían? El coche siguió adelante y el autobús se desvió hacia la derecha. Estaban llegando a un área de servicio. Al poco rato, la azafata cogió un micrófono y avisó a los viajeros. La parada duraría media hora.
Sin ninguna vacilación, el autobús sorteó la gasolinera y dejó atrás el aparcamiento de los camiones, buscando luego la explanada donde estaban el motel y el supermercado. Había ya otro autobús de la misma compañía aparcado allí, el que hacía el recorrido inverso, de Bilbao a Barcelona.
La azafata volvió a coger el micrófono y explicó que iban a efectuar el cambio de costumbre, el conductor y ella pasarían al otro autobús, mientras que la azafata y el conductor que habían venido en el de Bilbao pasarían al suyo. Deseó un viaje feliz a los viajeros y les dio las gracias en nombre de la compañía. "



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