El último Weynfeldt (fragmento)Martin Suter

El último Weynfeldt (fragmento)

"Un aparador, de madera de fresno sin tratar y armazón también lacado en negro, ocupaba casi todo el espacio que había entre las dos puertas. Entre las ventanas se veían otros muebles, todos ellos piezas únicas, de diseñadores suizos.
En las paredes colgaban bodegones y naturalezas muertas de artistas suizos del siglo XIX y principios del XX.
La señora Hauser había adornado la mesa con un arreglo de tulipanes; sobre las repisas de las chimeneas y el aparador también había floreros con ramos de tulipanes. Adrian no le había dicho quién le acompañaría a cenar, pero por cómo lo había preparado todo, parecía saber que se trataba de una dama.
Y por la manera de saludar a Adrian cuando llegó a casa —riñéndole con fingida seriedad—, se notaba que estaba convencida de que quien lo acompañaría a cenar era alguien del sexo femenino y se alegraba de ello. Weynfeldt estaba seguro de que su madre, que siempre había tenido la sospecha de que pudiera ser homosexual, la había hecho partícipe de ese temor y él, malévolamente, jamás lo había disipado. La señora Hauser continuaba albergando la esperanza materna de que Adrian no fuera el último Weynfeldt.
Se cambió de ropa para la cena, una vieja costumbre cuya progresiva desaparición deploraba. Si hubiera vivido en el mundo de su querido Somerset Maugham, habría sido uno de esos administradores que, aun estando en una isla olvidada, cenan solos todas las noches, pero vestidos de esmoquin.
No se vistió de rigurosa etiqueta, pero sí eligió un traje gris oscuro, de corte clásico y lana fría de cachemira, adecuado al tiempo que hacía, y se puso unos zapatos negros, modelo Derby, de finísimo cuero de ternera y acabado anilina, que le suministraba su zapatero húngaro de Viena.
Poco antes de que dieran las siete y media empezó a pensar que Lorena podía no aparecer. Y poco después de dar las siete y media empezó a decirse que le daba igual. Pero, a las ocho menos cuarto, sonó el timbre. "



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