El viaje a Pantaélica (fragmento)Francisco Nieva

El viaje a Pantaélica (fragmento)

"La tentación de destapar el frasco se me hizo cada vez más apremiante, aunque, no por temor, sino por prudencia, la resistí todo cuanto pude. Meditaba en que podía ser gravemente castigado por ello y también arriesgar el buen nombre de los míos, la privanza del príncipe sobre mi tío y todos los intereses que nos guían. Pasó mucho tiempo y la vela se consumía rápidamente. Me levanté buscando ávidamente otra por las grandes estancias. ¡Qué imprudencia! Estaba desprovisto de velas y era muy posible perderme por los vastos y desiertos corredores en busca de fuego. Y, a la vez, mis ojos no se cansaban de mirar ese apocalipsis en miniatura dentro del frasco. Cuanto más se consumía la vela más angustia y curiosidad sentía. Era inevitable que la vela se consumiera, ya chisporroteaba en agonía.
Entonces, para tranquilizarme, me dije: «Dormir y reposar con un misterio indefinible al lado es el destino del hombre moderno. Los antiguos estaban muy familiarizados con ellos y es presuntuoso querer explicárselo todo. Hay que saber deponer la razón, entregarse a lo inexplicable guardando la calma. Duerme, descansa, mañana tendrás tiempo de especular sobre lo que has visto».
La vela se agotó y yo seguí mirando ese enorme y lejano cataclismo en plena oscuridad hasta que me sentí en casera intimidad con él, como quien mira un facetado pisapapeles de cristal de Venecia, donde también se concentra un mundo, aunque mucho más calmo. Me venció la fatiga. Deposité a tientas el botellín en su altarito y dejé que me embargase el sueño. Por cierto, un sueño luminoso y feliz, donde veía a la bellísima Stornina desnudarse con complacencia ante unos cuantos de sus «discípulos».
Pero, de repente, me desperté sin ningún sobresalto. Tranquilo, mirando en lo oscuro. Gravitaba sobre mí un silencio macizo. Sólo escuchaba mi propia respiración. Recordé las dichosas Tinieblas y volví la vista para encontrarlas. En el sagrado pomo el apocalipsis se traslucía con mayor luminosidad y rapidez. Tal inquietud experimenté, que traté de alcanzarlo. Todo sucedió de un modo impensado y rápido. Sin querer, le di un empujón a la mesa y lo vi rodar con espanto. Lo quise atrapar y cayó al suelo. Sentí el choque del frasco contra él y, a partir de ahí, ya no vi nada. Escuché el ruido contra el mármol, pero no ruido de cachizas. Era posible que la grosura del cristal lo hubiera evitado, aunque no podía estar seguro. Bajé de la cama, tanteé por donde creía que podía haber rodado el frasquito y me arrastré sin rumbo, buscando, buscando... Sin encontrar nada. Tampoco podía encontrar el lecho. La más cerrada tiniebla me había invadido a mí. "



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