Extraña confesión (fragmento)Anton Chejov

Extraña confesión (fragmento)

"Tomé al guardabosque por el brazo y lo arrastré hacia la iglesia. Junto al cerco conversé con él y, cuando calculé que el cortejo debía de haber llegado a la casa, lo dejé plantado.
El encuentro del loco fue olvidado muy pronto. La suerte reservaba a los recién casados otra sorpresa, mucho más asombrosa.
Una hora después almorzábamos sentados en largas mesas. A los que estábamos habituados a las telas de araña, a la suciedad de la casa y a los gritos de los gitanos, nos resultaba curiosa esta multitud prosaica, que rompía con su charla vacua el silencio de las piezas solitarias. El ruidoso gentío hacía pensar en una bandada de estorninos abatiéndose para reposar sobre un viejo cementerio, o en un grupo de cigüeñas —que me perdone la comparación este noble pájaro—, lanzándose, en el crepúsculo de un día de migración, sobre las ruinas de un castillo abandonado.
Yo odiaba a esta multitud que con frívola curiosidad observaba la menguante fortuna en peligro de los condes Karnieiev. Los muros cubiertos de mosaicos, los cielo rasos esculpidos, los tapices de Persia y el mobiliario Luis XV, suscitaban el estupor y el entusiasmo. La cara monstruosa del conde relucía de satisfacción. Creía que todas las lisonjas de sus huéspedes le eran debidas, aunque no había hecho nada para merecer sus propiedades ni para impedir su abandono; por el contrario, se hubiera sorprendido mucho si alguien le hubiese enrostrado su bárbara indiferencia hacia una propiedad que durante décadas levantaron sus antepasados. En cada losa de pálido mármol, en cada cuadro, en cada rincón del jardín, sólo un ciego o un pobre de espíritu podía no ver el sudor y el llanto de trabajadores cuyos hijos vivían ahora en las humildes chozas del pueblo. Y aunque entre la concurrencia había personas ricas e independientes, que podían decir la verdad más cruda, nadie se animó a declarar al conde que sus modales orgullosos eran necios y fuera de lugar. Todos encontraron obligatorio quemar un incienso mediocre y sonreír lisonjeramente.
Urbenín también sonreía, pero por otras razones. Sonreía cortésmente, con respeto y felicidad infantil. Como el mayor de los Risler, en la novela de Daudet, cuando se frota las manos, satisfecho, Urbenín miraba a su mujer y, en el cúmulo de sensaciones que lo asaltaban, se formulaba mil preguntas. "



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