El monstruo (fragmento)Antonio de Hoyos y Vinent

El monstruo (fragmento)

"En la plaza de la Bastilla dejaron el automóvil. Llegaban con tres cuartos de hora de retraso a la cita, pero desde la rué de la Frisandérie, en que estaba situado el hotelito, con pretensiones de oriental palacete, del conde Rolando d’Amáre, hasta allí, había un buen trecho, y, además, les costaba Dios y ayuda escapar a la sobremesa con ínfulas de decadente cenáculo con que el conde gustaba de épater le bourgeois. En la atmósfera, un poco pasada de moda ya, muy Lorrain, de sexagenarias ninfómanas que, atrozmente pintadas, estucadas, enjalbegadas, adornadas y emperifolladas con demasiadas joyas, demasiadas plumas y demasiados encajes, se revolcaban por los divanes en compañía de pálidos adolescentes, o realmente enfermos de literatura, o simplemente viciosos a lo Marcel de Willy, Helena se aburría. Aquello, que pudiésemos llamar diletentismo del vicio, era para ella, que conocía los abismos de la degradación humana, cuando los hombres, crueles como dioses, aúllan como lobos, cosa banal y de juego, casi caricaturesca, con todo lo que tienen de doloroso y de grotesco tales caricaturas. A ellas, sin embargo, habíase acostumbrado, pues mirada por las viejas viciosas y los adolescentes pervertidos como una suma sacerdotisa del Pecado —así, con mayúscula y todo—, estaba harta de que la invitasen a estudios disfrazados de templos y garçonières convertidas en fumaderos de opio, donde se celebraban misas negras, que eran grotescas parodias, y orgías romanas con aventureros de baja estofa y mujerzuelas callejeras, que se mataban a fuerza de cocaína y éter. Gracias a que aquella noche tenía con ella a Margot, una actriz deliciosa, que sabía con una sola mirada hacer la crítica de la situación.
Margot no era ni guapa ni fea; era sencillamente chic. Ni tenía bonitos ojos, ni facciones armoniosas, ni líneas perfectas… y, sin embargo, daba como nadie la silueta de moda, el molde para la exhibición de los más atrabiliarios y raros atavíos; era una modelo, pero una modelo en que la muñeca se hacía carne animada por una llama de inteligencia vivísima. Viciosa como una mona, arrastrada de todas las curiosidades pecaminosas, poseía, sin embargo, un a modo de desdoblamiento espiritual que le hacía contemplar irónica aquellas cosas, encontrar el lado caricaturesco con una crueldad de humorista tocado de spleen.
Para la Fiorenzio, su compañía aquella noche había sido un gran recurso. La ironía cruel de su amiga, que sabía subrayar las cosas hasta lo épico, con un gesto o con una palabra; sus muecas, de fingido asombro o las exageraciones y disparates con que sabía trazar el camino para que desbarrasen a los demás, le divertían, a pesar de todo sacudiendo por un momento la sombría tristeza que iba envolviendo su vida. "



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