Tres pisadas de hombre (fragmento)Antonio Prieto

Tres pisadas de hombre (fragmento)

"Se tumbó en la hierba y cerró los ojos. Tan tranquilo como si estuviese en la cama de un buen hotel. Y yo, señor, me sentía solo, completamente solo. Toda mi vida había estado solo y ahora me daba cuenta. Eso era. El hombre que no se encuentra a sí mismo, siempre estará solo. Eran unas palabras de Luigi y yo supe que tenía razón. Se trataba de algo más que miedo, de una infinita soledad que retumbaba en mi cerebro. Tenía los ojos lo más abiertos que podía y de vez en cuando miraba a los que dormían. Poco a poco fui acercándome a ellos y al escuchar su respiración me notaba más tranquilo. Lo único que deseaba era salir de aquí, alejarme de aquel silencio y aquella oscuridad. Todo cuanto imaginé me fallaba y me sentí aprisionado en aquella selva. Cada vez más y no podía pensar en nada. ¿Cómo podían dormir ellos? ¿Cómo? Me sentí rebelde y empecé a silbar una canción cualquiera.
Pasé la noche mirando a los que dormían y a la oscuridad. El farol iluminaba una pequeña zona y notaba frío al contemplarlo llamear. No deseaba ver la hora hasta que la luz del día me permitiera ver la esfera de mi reloj. Sé que sería una de las mayores alegrías de mi vida. Era la tercera vez que me adentraba en la selva y sufría el mismo miedo que antes. Y si algún día volviera, sería igual. No puedo comprender que Luigi admire la selva; no puedo, señor. Tiene una oscuridad espantosa y un silencio terrible que se atenaza en nuestros huesos. Por fin pude mirar el reloj. Es posible que en cualquier parte del mundo se pudiera ver perfectamente. Allí no. Era una luz verde y sucia, que sabía a hojas mojadas. Sentí a mi derecha un ruido y miré. Eran un par de zancudas que, posadas en las hojas flotantes del río, se deslizaban con la corriente. Debían de estar buscando comida o haciéndose el amor. Luigi podía habérmelo dicho, pero Luigi aún seguía durmiendo. Lié un cigarro y empecé a pasear como un caballo atado a la noria. Fue cuando decidí apagar aquella arruinada luz que estuvo alumbrando sola frente a la inmensa oscuridad. El farol dejó de iluminar y la selva continuaba moviéndose en un ansia dislocada de vida. Dejé de tener frío y pude pensar en Gad, en mis palabras a Gad, que ya pertenecían a un miedo distinto. Creo que si hubiese sido lo suficiente hombre, hubiera llorado.
Luigi abrió los ojos y nos miró uno por uno. Gad y Pancho aún dormían. Se incorporó y vino a mí. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com