El río en la noche (fragmento)Joan Didion

El río en la noche (fragmento)

"Iba a ser una primavera difícil. Lily no había exagerado; él no le había querido creer, eso era todo. Al parecer su padre había estado mal durante meses antes de su derrame cerebral, y había perdido el interés en plantar nada en esas tierras a las que se aferraba con tanta tenacidad. Everett podía entenderlo; nunca culpó a su padre. En la práctica, aparte de ganar lo suficiente para vivir, él mismo tampoco tenía demasiado interés en explotar la tierra. Como su padre, solo quería tenerla. La finca de Braden era un buen ejemplo. Eran ochenta hectáreas, cerca de Auburn, prácticamente imposibles de arar, y llevaban años vacías. Habían formado parte de la herencia de su madre. Aunque Joe Templeton las había querido comprar, Everett había rechazado la oferta, supuestamente porque tenía planeado explotarlas él mismo. Ahora sabía por qué no había vendido la finca de Braden. Había pensado en eso en el baño de ese coche cama, mientras cruzaba el desierto. Toda la vida había querido subir a la finca de Braden, plantarse en la cima de la colina y contemplar el valle hasta los cuellos volcánicos de Maryville, y quería hacerlo en una tierra que fuera de su propiedad. No tenía nada que ver con cosechas, explotación ni beneficios. Entendía muy bien que su padre, estando enfermo, hubiera dejado que se echara a perder la finca del río. Había bajado un momento la guardia, eso era todo.
Inspirado por aquel ejemplo, ahora Everett estaba en guardia, armado de enérgica determinación, la semblanza de una administración eficiente. En 1942 el capataz japonés de la finca había sido evacuado, y su sustituto, a quien el padre de Everett había ido dejando cada vez más la gestión del día a día, había demostrado ser un incompetente. Al contratarlo, Everett había dicho que aquel hombre era un irresponsable; «eso no importa», había farfullado su padre, más trastornado de lo que estaba dispuesto a admitir por el traslado forzoso de los japoneses. «Esos malditos se lo buscaron». Era típico de él pensar que las pérdidas causadas por un capataz irresponsable serían para el gobierno; al parecer no había entendido en ningún momento que las pérdidas serían para él. Hectárea tras hectárea, los postes de secuoya y los emparrados de alambre se habían caído y allí se habían quedado, pudriéndose junto a las parras muertas que nadie había recolectado el verano anterior. "



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