El vestido azul (fragmento)Michèle Desbordes

El vestido azul (fragmento)

"Y entonces se la veía bajar y subir por aquel sendero bajo los árboles por donde resbalaba cuando llovía, yendo a buscar café, mantequilla y chocolate comprados en algunos de los establecimientos de Félix Potin, y también las medias, las pantuflas que completaban el paquete, algo con lo que abrigarse en invierno, y quizá, a veces, ropa, el abrigo, el vestido, o bien aquel sombrero marrón tan apropiado que la madre le envió al acabar la guerra, y que cada año que pasaba se veía más grande sobre su cabeza, sobre aquel cráneo cada vez más demacrado; aquel viejo sombrero de paja con el que se la veía en la foto, una de las últimas, tomada por Paul o uno de sus hijos, Pierre o Henri, o más probablemente por Jessie Lipscomb aquella primavera de 1929 que ella viajaba por la Riviera —así que Camille tendría sesenta y cinco años—; está sentada en la silla delante del pabellón y mira a la cámara con aire triste, las manos cruzadas sobre el regazo del vestido, una tela gris o marrón asoma por la abertura del abrigo; le pedirían que no se moviese, y que permaneciera sentada en aquella silla con las manos cruzadas sobre el pliegue de las faldas, la tela oscura en la que se adivinaban líneas de otro color, como rayas claras que uno entreveía en la separación del abrigo. Que se quede allí, una última vez, sin moverse ni decir nada, el tiempo que lleve hacer la foto que ellos querían, con el sombrero y el abrigo; y no se encontrará ninguna otra entre los papeles, aquella foto será la última de todas, y debió de ser en otoño, o incluso a principios de primavera; parece que en el suelo, muy cerca de ella, se atisba una vieja, viejísima hoja muerta arrastrada por el viento.
Allí estaba ella, en la fotografía, envejeciendo sin decir nada, y muy pronto yendo y viniendo de nuevo por aquellos caminos con los paquetes y las hojas de papel que le daban abajo, o con las patatas y los huevos que pedía, diciendo que no quería continuar comiendo sus sopas y sus ragús chamuscados; por las noches, en su habitación, hervía los huevos y las patatas y aseguraba que con aquello le bastaba, que no había ninguna necesidad de que ellos, la madre y él, pagaran los precios de primera clase; no, no había ninguna necesidad, sobre todo porque en aquellas habitaciones, decía, faltaba de todo: ropa blanca limpia, edredones, e incluso orinales; sólo había camas de hierro en las que tiritaban toda la noche. Sí, yendo y viniendo por aquellos senderos y veredas por los que cada día cojeaba más, y sentándose a veces en un escalón o en el banco que había delante de la capilla, descansaba unos instantes, y pensaba en él, que estaba en la otra punta del mundo, en sus consulados, sus embajadas, y escribía tantos libros. Que hablaba de los países que visitaba, o en los que permanecía años enteros: China, Japón, aquellos mundos que siempre le parecieron más próximos que las ciudades y los pueblos que tenía al lado; ella recordaba todo lo que soñaron, recordaba todo lo que debía ser la vida para ellos. "



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