Nueve días a Mukalla (fragmento)Frederic Prokosch

Nueve días a Mukalla (fragmento)

"El palacio había quedado sumido en la inmovilidad. Nubes de mosquitos atravesaban los enrejados. Un pequeño murciélago entró en la habitación, dio varias vueltas por ella despavorido y salió velozmente. A la distancia se oyó el lamento de una criatura.
El sayyid seguía murmurando en voz baja y monótona. El pensamiento de David se revolvía desesperado; las frases del viejo atravesaban el aire y caían sin ruido en el piso, como hojas marchitas. Algunas expresiones se repetían: El alma de Arabia, la vida de nuestros antepasados; pero su significación se hacía más y más nebulosa. La cabeza del sayyid se inclinó hacia adelante. Se había quedado dormido.
David se puso de pie y se dirigió a la ventana. Podía divisar la línea del jol, David se apartó de la ventana y cruzó la habitación en puntas de pie. El sayyid roncaba. El humo de su cigarro trazaba espirales ascendentes hasta el techo. Un puñal muy largo estaba apoyado sobre un libro rojo y brillante y David leyó el título: Los misterios de París. Levantó un elefante de jade, pequeño, de la mesita del café, lo sostuvo contra la luz y lo apoyó nuevamente. Sabía que algo iba a pasar. Podía ser tanto un terremoto, como la picadura de un jején en la mejilla. O tal vez sucediera sin que él se diese cuenta cabal. Pero sucedería, de eso estaba seguro. Un golpe de viento movió las persianas. Una pluma de color rojo se deslizó de la mesita, se hamacó en el aire y fue a posarse en el suelo. Los ojos del sayyid se abrieron vagamente. Comenzó a sonreír. El cortinado se movió con la brisa, al abrirse la puerta que ocultaba. "



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