El año del hambre (fragmento)Aki Ollikainen

El año del hambre (fragmento)

"Teo estaba a punto de levantarse e irse cuando de algún oscuro rincón apareció una mujer que le puso enfrente una taza de gruel. El hombre se incorporó y se alejó dando un bufido, y no regresó en el tiempo que Teo permaneció en la casa. La mujer movió las manos con gesto de disculpa, arrugaba nerviosa el delantal entre los dedos, recogió el dinero, tanto el del marido como el que Teo había colocado sobre la mesa, lo metió en la caja y la devolvió a su escondite. Luego se giró e hizo una reverencia. Teo, que ya se había puesto en pie, le devolvió la reverencia y mientras se retiraba le dio por error las gracias en sueco.
Matías se ríe de la historia como si se tratara de una anécdota divertida. A Teo no le queda otra que esbozar una sonrisa al recordar la situación. Al mismo tiempo, sin embargo, piensa que, si toda esa miseria a su alrededor únicamente los divierte, ¿cómo habría de conmoverlos? Y si la experimentaran en sí mismos, ¿podrían reírse entonces?
Cuando habría que mirar al otro, ellos se miran en el espejo. Ahí está el prójimo, ese al que Dios ha forjado a su imagen y semejanza. Lo que le hagas se lo harás a Dios, sírvelo y haz buenas obras, según tus capacidades.
Y a Johan, ¿qué le ocurrió a él? ¿Se convirtió el oso siempre dispuesto a entonar una risa varonil y estruendosa en un fantasma tétrico de aspecto afligido? ¿Rozó la realidad a Johan Berg con su frío dedo, arrebatándole esa alegría que había mostrado en vida?
En sus últimas cartas a Teo, Johan había recordado los años de estudiante compartidos, repetido las mismas historias como para convencerse de que alguna vez habían existido. A pesar de esos divertidos recuerdos, las cartas eran sombrías. O tal vez precisamente por eso el contraste era tan grande, tal vez Johan había comprendido definitivamente al escribirlo que todo aquello estaba perdido. ¿Había anestesiado su alma haber visto la realidad, o haber visto lo que había desaparecido para siempre?
La fachada amarilla bordea la calle entera. Marja camina bajo las ventanas. El edificio de madera parece una fortaleza, la escarcha forma un velo fino e impotente sobre la pintura amarilla, no logra penetrar en la gran casa.
De una esquina salta frente a Marja un hombre, cual liebre sorprendida. Sus ojos revelan la misma expresión que Peni, el perro de Pajula, cuando Lauri le había pegado, borracho, hasta enloquecerlo.
Marja cae contra la pared. Juho la acompaña, como una rama que se amolda a cada capricho del viento. "



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