Diario de un cura rural (fragmento)Georges Bernanos

Diario de un cura rural (fragmento)

"El mundo antiguo y doloroso, el mundo anterior a la gracia, la acunó largo tiempo en su corazón desolado -siglos y más siglos- en la espera oscura, incomprensible de una "virgo genitrix". Durante siglos y siglos protegió con sus viejas manos cargadas de crímenes, con sus manos pesadas, a la pequeña doncella maravillosa cuyo nombre ni siquiera sabía... La edad media lo comprendió, como lo comprendió todo.
(...)
No... no me callaré, señora. Los sacerdotes hemos callado demasiado y quisiera suponer que por lástima. Pero la verdad es que somos cobardes. Una vez sentado el principio, dejamos seguir.
¿Qué es lo que han hecho ustedes del infierno? Una especie de prisión perpetua análoga a las suyas. En ella encierran, de antemano, a la caza humana que la policía persigue desde el principio de la Creación: los enemigos de la sociedad. Y añaden, quizás, a los blasfemos y los sacrílegos. ¿Qué espíritu, santo, qué corazón orgulloso aceptaría sin asco, sin repugnancia, semejante imagen de la justicia de Dios?
Cuando esa imagen les molesta, les resulta muy fácil eliminarla. Juzgamos el infierno según las medidas de este mundo. No pertenece a este mundo y aún menos al mundo cristiano. Es un castigo eterno, una eterna expiación. El único milagro es que nos sea posible formarnos una idea de él aquí abajo, cuando apenas la falta ha salido de nosotros, y basta una simple mirada, una señal, una muda llamada para que el perdón baje sobre nosotros, desde lo alto de los cielos, como un águila. Y es que el más mísero de los hombres vivientes, aunque crea haber dejado de amar, conserva todavía el poder de hacerlo. Y hasta nuestro mismo odio deslumbra, resplandece y el menos torturado de los demonios florecería en lo que nosotros llamamos la desesperación, igual que en una luminosa y triunfal aurora.
El infierno, señora, es haber dejado de amar. Estoy seguro de que estas palabras, “haber dejado de amar”, suenan en sus oídos como una expresión familiar. Pero para un hombre vivo esto significa querer otras cosas, amar menos. Y si esa facultad, que parece inseparable de nuestro ser, que semeja nuestro mismo ser, comprender es también una manera de amar, ¿llegará a desaparecer? Dejar de amar, dejar de comprender, y vivir sin embargo... Oh, prodigio! Nuestro error común es atribuir a esas criaturas abandonadas algo de nosotros, de nuestra perpetua movilidad, cuando ellas están fuera del tiempo, fuera de todo movimiento, inmóviles para siempre. Si Dios nos condujera de la mano a una de esas cosas dolorosas que hubiera sido antes el amigo más querido, ¿qué lenguaje le hablaríamos? Si un hombre vivo, nuestro semejante, al último de todos, vil entre los viles, fuera echado a esas lindes ardientes, yo compartiría su suerte, iría a disputárselo al verdugo. Compartir su suerte...la desgracia, la inconcebible desgracia de esas piedras ardientes que fueron hombres es que no tienen nada que compartir entre sí. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com