Un hombre de verdad (fragmento)Boris Polevói

Un hombre de verdad (fragmento)

"Desde aquel día, la madre vio raramente en casa a su hijo preferido. Alexéi, descuidado antes en el vestir, comenzó de pronto a plancharse a diario los pantalones y a limpiar con tiza los botones del uniforme: sacó de la maleta una gorra de plato blanco con el emblema de gala de los aviadores; se afeitaba diariamente su áspera barba, y por la tarde, después de mirarse repetidas veces al espejo, se dirigía a la fábrica, al encuentro de Olga, que regresaba del trabajo. Durante el día se perdía también por cualquier parte, andaba distraído y contestaba a destiempo a las preguntas que se le hacían. La viejecita, con intuición de madre, lo comprendía todo. Lo comprendía y no se ofendía:
«Es natural, lo viejo envejece, lo joven crece».
Los jóvenes no hablaron ni una sola vez de amor. Cada día, al regresar del paseo por la ribera del apacible Volga, refulgente al sol del atardecer, o por los sandiares que rodeaban la ciudad, en los que sobre la tierra negra y espesa como el alquitrán yacían ya los gruesos tallos con digitadas hojas de un verde oscuro, Alexéi, contando los días que le quedaban de permiso, se daba palabra de honor de decir a Olga todo lo que sentía. Llegaba la tarde siguiente. Iba a buscarla a la fábrica, la acompañaba hasta la casita de madera de dos pisos, donde tenía una habitación pequeñita, clara y limpia como la cabina de un avión. Esperaba pacientemente a que se cambiase de vestido, oculta tras la puerta del armario ropero, y hacía esfuerzos por no mirar a los codos, hombros y piernas desnudos que asomaban tras la puerta. Luego, Olga iba a lavarse y regresaba sonrosada, lozana, con los cabellos húmedos, vestida siempre con la misma blusa de seda blanca de los días laborables.
Iban al cine, al circo o al parque. Para Alexéi el sitio era lo de menos; no miraba a la pantalla, ni a la pista, ni a los paseantes. No hacía más que mirarla a ella y pensar: «¡Hoy me declararé sin falta, sí, me declararé cuando volvamos hacia casa!». Pero llegaban a la casa y a él le faltaba valor.
Un domingo decidieron pasar el día en un prado, al otro lado del Volga. Fue a buscarla vestido con sus mejores pantalones blancos y una camisa de cuello abierto que, según su madre, sentaba muy bien a su rostro, atezado y de pómulos salientes. Olga estaba ya lista. Le dio un atadijo envuelto en una servilleta y ambos se encaminaron hacia el río.
El viejo barquero sin piernas —inválido de la primera guerra mundial, querido por todos los muchachos y que en su tiempo había enseñado a Alexéi a pescar gobios en un banco de arena—, haciendo ruido con sus patas de palo, separó la pesada barca y comenzó a bogar con breves golpes de remo. La barca, cortando oblicuamente la corriente, marchaba a pequeños impulsos, a través del río, en busca del suave declive de la orilla, que verdeaba vivamente. La muchacha, sentada a popa, hundía pensativamente la mano en el agua."
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