Mitos griegos (fragmento)Friedrich Georg Jünger

Mitos griegos (fragmento)

"El contento como algo jovial, como algo que concuerda con Zeus, impregna el mundo de los dioses, acompañado de la risa olímpica. De ello habla ante todo el poema épico. Pan, al que su padre Hermes lleva en brazos al Olimpo, es observado por los dioses y les alegra el ánimo, como sucede cuando miran a Príapo. El tono de sus risas irradia una enorme simpatía y expresa un asombro que va acompañado de una alegre conmoción. La constitución de Pan evidencia la figura del impulso poderoso, bruto y nada refinado que brota despreocupadamente de su raíz animal, que es cruelmente veraz y está lleno, al mismo tiempo, de placer y goce. Hermes lleva a Pan como si asistiese a un acto de reconocimiento y no existe duda de que un dios con una figura tan prodigiosa entra a formar parte del círculo de los dioses. No es frecuente encontrarlo en este círculo, puesto que su vida tiene algo insociable que le hace evitar las asambleas de dioses. Únicamente se siente a gusto en su propio reino y, ante todo, no tolera la obligación, no importa dónde aparezca. La risa de los dioses encierra un reconocimiento, una constatación. No se habla de cómo Apolo y las diosas vírgenes Atenea y Ártemis saludaron a Pan, puesto que sólo de un dios se relata que su alegría por el recién llegado fue grande y ése es Dioniso. Dioniso aparece como el dios más viejo y a la vez se dice de él que ha sido acogido como hijo por su padre Pan. Así es, es imposible concebir a Dioniso sin la naturaleza pánica. En la alegría del dios del vino por el nacimiento de Pan se evidencia, en primer lugar, la relación entre los dioses, que a menudo se expresan su mutua simpatía. La esencia pánica y la dionisiaca se encuentran y así como los lugares de sacrificio a menudo son comunes, así también vemos juntos a los dos señores con su séquito, vemos cómo se mezclan sus comitivas. La inminente llegada de Dioniso también excita a Pan. Alentado por el ruido de las ménades, presta atención y se les acerca, irresistiblemente atraído por el ruido de la procesión festiva que cruza sus páramos.
No es el Olimpo la morada del dios sino el territorio arcádico. Desde un principio aparece estrechamente ligado al territorio de Arcadia, que entre todos los parajes nínficos es el más vasto. Aquí le educa la ninfa Sinoe y aquí se hallan muchos de sus santuarios, en los montes Partenón y Ménalo, en el monte gnómico cerca de Licosura, en Heraia y Melibea. Aquí lo escuchan los habitantes cuando se demora en las montañas tocando la siringa. En su juventud recorre los parajes arcádicos, camina bajo cielo abierto, ama el campo y siente aversión por las ciudades, un rasgo que siempre lo caracterizó. En las colinas, los montes y los manantiales están emplazados sus santuarios y sus cuevas; las moradas frescas de su sueño son lugares en que se le rinde culto. Cerca de Maratón hay una montaña consagrada a él y una gruta con rocas que se llama «el rebaño de cabras de Pan». En el Parnaso se le rinde culto en la gruta coriciana. En el monte partenio interpela a Filípides, que había sido enviado por Atenas para pedir ayuda a Esparta en la lucha contra los medos, y le promete que si los atenienses le rinden culto sembrará el espanto entre los medos. Del mismo modo que le es extraña la ciudad, tampoco le gustan los parajes de Deméter, la tierra cultivada, los campos de labor y los jardines. No hace aparición donde trabaja el arado, donde se parte en terrones la tierra. Su reino empieza en las dehesas y las cañadas, en los lugares donde se practica la apicultura, en las costas donde los pescadores extienden sus redes. Tan diferentes como lo son la vida y las actividades de los hombres, así de diferentes son sus encuentros con el dios. Cierto es que los pastores, por los que siente simpatía, lo reconocieron antes que otros y son los que más poderosamente se aseguraron su favor. Entre ellos, los pastores de cabras y ovejas son los que le rinden mayor pleitesía. "



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