El barrio de la Plata (fragmento)Julià Guillamon

El barrio de la Plata (fragmento)

"Al día siguiente, todo pasó muy rápido. Mi padre observaba al toro de lejos, estudiando sus movimientos con actitud de entendido, la muleta plegada en torno al palo que lleva cosido en el interior —el estaquillador—. Colocó la ayuda —la espada de madera que da a la muleta su ángulo característico— y se dirigió a un rincón de la plaza, donde había un plátano y una fuente. Su primo Nicanor intentó detenerlo y mi padre lo amenazó con la espada de madera. Citó al toro, uno de esos toros que van de pueblo en pueblo, y que, resabiados, nadie se atreve a torear. Lo cogió a la primera embestida. Lo llevaron al médico, regresó con unos cuantos puntos de sutura y al día siguiente ya estaba en el baile. «Herida por asta de toro de un centímetro entre el orificio del ano y mis partes», iba contando a todo el mundo, con aquella prosa enfática de las enfermerías de las plazas de toros. Aguanté despierto toda la noche, primero en la terraza de unos parientes y, más tarde, subido en la baranda que cerraba la plaza por un extremo que estaba por construir. Vi como embolaban el toro, cómo iba salpicando gotas de alquitrán y cómo se fueron extinguiendo las bolas. Y cómo, con el herraje en los cuernos y un torrezno en cada extremo, aún le pusieron la albarda y el collar de cascabeles, y cómo hacía el gesto de arrancarse, cuando los mozos le gritaban, pero ya sin embestir, y cómo se quedaba inmóvil en el centro de la plaza, cada vez más cansado de vivir. Y me impresionó que, después de atarlo a la barrera, cuando ya le habían rebanado el cuello y se desangraba, un mozo le diera un puñado de hierba y la máscara con unos dientes amarillos y unos ojos desorbitados, perdidos, de bestia muerta. "


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