La caja de hueso (fragmento)Antoinette Peské

La caja de hueso (fragmento)

"Varias semanas después, fui trasladado a otra casa, situada en un lugar donde el aire sería más saludable para mí, me explicaron. Allí pasé largos meses, reclamando cada día la visita de Margaret, que siempre me prometían para el día siguiente. Me permitieron escribirle, pero no recibí de ella respuesta alguna. Sospecho que las cartas jamás llegaron a su destino. Si los médicos hubieran podido sospechar lo grande que era mi inquietud, seguramente hubieran temido por mi razón por segunda vez.
Cuando por fin fui libre, me dirigí inmediatamente a Goldloch. Nuestra casa estaba cerrada, la de mis padres también. El pasado se había vaciado durante mi larga ausencia… Aquella constatación me entristeció mucho. Pero no, ¡no podía ser! Buscaba a mi mujer y tenía que encontrarla. Volví a nuestra mansión y supe, por una lechera que pasaba, que un criado iba a ventilar de vez en cuando Morton Castle, donde nadie vivía actualmente. Esperé al criado en cuestión. Era Johnson. Le conocía muy bien. El viejo sirviente intentó huir cuando me vio, y con muchos esfuerzos conseguí tranquilizarle.
Cuando hubo recuperado el valor y el uso de la palabra, me informó de que Margaret, aterrorizada por mis amenazas de muerte, y principalmente por el gesto que había determinado mi internamiento, había permanecido, durante muchísimos años, en un estado absolutamente alarmante de postración. Después, siguiendo los reiterados consejos de los médicos, se había decidido a abandonar Inglaterra para irse al extranjero.
[...]
Pasaron varios días, ocho quizá, y el viejo criado que me había prometido volver no aparecía. Sin duda me echaba la culpa de haber puesto a su ama más enferma.
Como ya no podía más, una tarde a la hora del crepúsculo en que la verja de nuestra propiedad había quedado entreabierta, avancé como un ladrón por el jardín y busqué un bosquecillo donde esconderme. Esperé la noche, helado. Johnson fue a cerrar el portón; Ada, la cocinera, fue a recoger una toquilla de un banco. Luego todas las luces de la casa se apagaron… El jardín era mío.
Tomé la avenida principal, bordeada de fresnos. Las hojas de aquellos enormes árboles se agitaron, la grava chirrió bajo mis pasos.
Temiendo atraer la atención de alguno de los criados, seguí entonces un sendero de tierra batida y me detuve bajo el cenador cubierto de rosas como antaño cuando, sentados en el viejo banco, nos estrechábamos el uno contra el otro.
Me puse en «mi sitio», toqué el suyo, al lado, ¡frío…!, ¡tan frío…! Y lloré como un niño que ha perdido a su madre. Me parecía que no era viudo, sino huérfano. Huérfano, efectivamente lo era, pero nunca había sufrido tanto como aquella noche.
Las horas goteaban, cada vez más espaciadas… Un álamo se alzaba ante mí, erguido sin orgullo, con la luna sonriendo sin alegría en su copa. ¿Has experimentado alguna vez la influencia maligna de la vigilante del mundo? "



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