Túpac Amaru (fragmento)Ramón J. Sender

Túpac Amaru (fragmento)

"Escuchaba todo aquello Túpac Amaru diciéndose: «Lástima que mi esposa no haya venido conmigo esta noche. La tristeza del Manchay-Puito habría sido más sabrosa».
Porque toda la gente que vive en las montañas sabe —mejor que la del llano— que hay tristezas sabrosas. Todos menos los españoles que buscan en el catolicismo un gozo a la medida de cada ambición. Una orgía en la que infierno, purgatorio, cielo y limbo andan mezclados. Sólo hubo un católico sin embargo que alcanzara a gozar plenamente de su catolicismo y hacer de él danza y canción: San Francisco de Asís.
El argumento de Ollantay tiene todos los trucos y habilidades de una comedia de capa y espada y alguna resonancia de la tragedia griega, incluidos los coros.
Lo que sucede en Ollantay es lo siguiente:
Un caudillo militar cuyo nombre es el de la tragedia cae en el peligroso atrevimiento de rebelarse contra el Inca. Como no hay argumento teatral posible sin amor, Ollantay se ha enamorado de una princesa que saca del palacio del Cuzco y se lleva a un castillo en el que viven los dos felizmente. Naturalmente el castillo es del Inca y está guarnecido con tropas también desleales al emperador.
El Inca no era tonto. Llamó a un general valiente, Rumiñahui, y le propuso un plan bastante hábil. Fue ese general acusado de haber profanado el santuario de las vírgenes del Sol y sentenciado a recibir azotes en público. Envilecido y castigado (cuya noticia llegó a Ollantay), el valiente Rumiñahui fingió escapar de la corte del Inca y pidió refugio al caudillo rebelde.
Ollantay lo recibió muy contento. El fugitivo era un general de prestigio.
A todo esto los amores de Ollantay y la princesa Inca habían dado fruto: la hermosa Imasumac.
Un día, fingiendo Rumiñahui defender el castillo contra un ataque del Inca, lo que hizo fue entregarlo con todos sus defensores.
La venganza del Inca fue implacable, pero se salvaron la princesa enamorada y su hija Imasumac. Hermosa leyenda, más o menos genuina, es decir, con base más o menos enraizada en la historia. (Más bien menos).
¿Pero a quién le interesa la historicidad de una obra de teatro?
Bajo la presidencia de Túpac Amaru la representación fue transcurriendo felizmente. Lo que le faltaba de artificio profesional lo suplían los improvisados actores con su entusiasmo y con la espontaneidad de sus cantos y danzas. Lo que no podían imaginar era que el final de Ollantay era parecido al que esperaba a Túpac Amaru.
Aunque el caudillo de Tintha no había sido o no creía ser un traidor al emperador español Carlos III. Pensaba en él como en un monarca que quería el bien de los indios y a quien engañaban todos en el Perú, desde el virrey hasta los corregidores y sus más mínimos auxiliares. Al menos eso decía cuando hablaba con mestizos, criollos o españoles.
Las leyes de Indias eran buenas, pero en su cumplimiento se interponían precisamente los que estaban obligados a servir al Rey: chapetones oficiales del virrey, godos aventureros, criollos y muchos sacerdotes simoníacos que se enriquecían obligando a los indios a comprar toda clase de objetos innecesarios: rosarios (cuyo uso ignoraban los indígenas) sin los cuales no les permitían entrar en el templo, y hasta botellines con agua bendita.
Estos hechos eran de conocimiento general y ayudaron a confundir las fronteras que separaban la rebelión india de la oposición que ofrecían al virrey muchos criollos descontentos y cholos, que soñaban con la independencia. (Aunque no con el restablecimiento del imperio del Cuzco).
Durante la representación, Túpac Amaru veía a aquella multitud de indios atentos al espectáculo y felices y pensaba en los de la provincia de Potosí, especialmente en la región de Chayanta que también se llamaba Charcar. Allí tenía Túpac Amaru un lugarteniente inapreciable: Tomás Catari. Vivía Catari en un pueblo llamado San Pedro de Macha y lo mismo que José Gabriel, había denunciado Catari los abusos y los crímenes de los corregidores tomando a veces el partido del Rey español contra sus codiciosos súbditos hasta el extremo de que los administradores de las Cajas Reales de Potosí le había dado la razón en varias ocasiones y llegado en una de ellas, a dictaminar de acuerdo con sus denuncias. Tan justificadas estaban. "



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