Confesión de un asesino (fragmento)Joseph Roth

Confesión de un asesino (fragmento)

"La primera tarde en que fueron presentadas sus “creaciones” apareció también él, amigable, rollizo y a la vez cuadrado, embutido en un radiante frac con chaleco blanco en el cual brillaban botoncitos rojos que parecían mariquitas: apareció entre bastidores, frente a los camarines de sus maniquíes. ¡Ah, pero era incapaz de sobornar al más miserable de nosotros! Hizo tintinear monedas de plata en los anchos bolsillos del pantalón de su frac, como un monje la bolsa para recoger limosnas, y a pesar de su lujoso atuendo parecía no tanto alguien que intentaba sobornar como alguien que pedía limosna. Ni siquiera el más abyecto de nosotros hubiera podido aceptarle dinero a ese modisto. Era evidente que con grandes príncipes podía traficar mejor que con espías.
El tipo desapareció. Nos dirigimos a los camarines.
Yo estaba temblando. Si les digo que en aquel momento sentí miedo, miedo de verdad, por primera vez en mi vida el miedo de las cuencas vacías, les ruego que me crean literalmente. Tuve miedo de Lutetia, miedo de mi deseo de verla en camisón, miedo de mi lascivia, miedo ante lo incomprensible, la desnudez y la abulia, miedo de mi propia prepotencia. Al entrar me volví, dándole la espalda mientras ella se cambiaba. Se estaría burlando de mí. Mientras yo, tímidamente, le daba la espalda, ella, con ese veloz instinto femenino que husmea en seguida el miedo y la impotencia de los hombres enamorados, debió captar que yo era uno de los espías más inofensivos del gran Imperio de los zares. ¡Pero qué hablo yo de instintos! Si ella sabía perfectamente que mi tarea era vigilarla muy de cerca, y, no obstante, ahora me veía de espaldas y totalmente sojuzgado. ¡Ya me hallaba a merced de Lutetia! ¡Ya me había calado todo entero! Ay, amigos míos, más vale entregarse a un enemigo declarado que hacerle saber a una mujer que uno la ama. ¡El enemigo os aniquila rápido! Pero la mujer…, pronto verán con qué lentitud, con qué criminal lentitud…
Bien. Pues ahí estaba yo de cara a la puerta, contemplando la manija blanca y aburrida, como si mi tarea hubiera sido vigilar ese inocente objeto. Era, la recuerdo perfectamente, una manija de porcelana corriente. No podía descubrirse en ella ni una rajadura. Pasó un buen rato. En el ínterin, la amada de mi corazón cantó, gorjeó, silbó y pió a mis espaldas —y frente al espejo, como pude adivinar— melodías tanto anodinas como licenciosas, y todas sus canciones, gorjeos, silbidos y piadas rezumaban sarcasmo en estado puro. ¡Sarcasmo puro!…
De pronto llamaron a la puerta. Yo me volví en seguida y vi, claro está, a Lutetia que, sentada ante el espejo oval y de marco dorado, intentaba empolvarse la espalda con una borla enorme. Ya estaba vestida. Se había puesto un vestido negro con un escote triangular en la espalda y orlas de terciopelo carmesí en los bordes, y trataba de llevarse la mano derecha, que sostenía la gigantesca borla, hasta su espalda, para echarle polvos. Más aún de lo que me hubiera confundido verla desnuda, me cegó en aquel momento la combinación casi infernal —no encuentro otro adjetivo— de esos colores. Desde aquel instante vivo convencido de que los colores del infierno —donde sin duda iré a parar un día— son negro, blanco y rojo; y de que en muchas zonas, en las paredes infernales, por ejemplo, puede verse aquí y allá el escote triangular de una espalda femenina; y la borla de polvos también. "



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