La campana (fragmento)Leopoldo López de Saá

La campana (fragmento)

"Andaban los caballeros estrujándose, vociferando y sin disponer siquiera del espacio que podría ocupar el vuelo de sus capas; los codos eran espolones, las miradas centellas; se volvían los rostros congestionados de ira y nuevos empujones los tornaban pálidos de dolor. El ansia de ver borrada la diferencia de clases, llevando a toda la muchedumbre hacia un mismo punto. Era el pueblo, el monstruo que afianzaba sus cincuenta mil patas en el lodo de Amberes y subía como una inundación estirándose a lo largo de las estrechas calles, lamiendo con sus harapos y sus encajes las
fachadas de los caserones, acoplándose a los muros dislocados y negros, dando de sí cuanto podía, pero renegando y maldiciendo de la lluvia incesante que levantaba lívidas ampollas en la tranquila superficie del río.
Los puentes sobre el Escalda y sus canales contenían verdaderos racimos humanos; jirones de la plebe llenos de color. Se veían doquiera rostros abotagados de labios bermejos y ojos grises; papadas sudorosas que convertían en guiñapos los sobrecuellos de algodón; caras cínicas de bodegoneros, exuberantes bajo las diminutas gorras; panzas macizas que
amenazaban rasgar los coletos de vellorí; dueñas empingorotadas, mozas sin rebocillo, doncellas sanguíneas, blancas y rojas como las Dianas de Rubens; penachos enhiestos que se destacaban como trazos fúnebres sobre el cielo gris; airones caprichosos, cintas de colores vivísimos, plumillas y tocas; narices congestionadas que avanzaban sobre los torcidos mostachos; ojos que brillaban en la sombra, como los de los personajes de Rembrandt; perfiles aristocráticos y caras ingenuas, pletóricas y borrosas que lo miraban todo sin ver.
[...]
Cundió por la muchedumbre un estremecimiento y sonó un zumbido bronco, sostenido, el de la expectación que llega a su mayor grado y quiere imponer el orden que no puede guardar; se oyeron relinchos sofocados y piafar de corceles, y por las bocacalles inmediatas a la catedral apareció un centenar de arqueros que refrenaban sus caballos inquietos por el ruido y el campaneo, que era incesante; entre aquellas notas metálicas y dominando con su rumor dulcísimo los gritos de fuera, se oyó la voz del órgano que acompañaba a los cánticos religiosos. Detrás de los arqueros venía la guardia con el estandarte de Castilla, y después varias comunidades religiosas con cruz alzada.
Los monjes llevaban caídas las capuchas, y contrastando con su aspecto humilde dejaban oír sus preces, que parecían acentos de amenaza; les seguía la carroza del gobernador con un tiro de doce caballos, y esta precedía a su vez a la del novio, que había ensoberbecido los colores de su casa prodigando el oro en flámulas y guarniciones.
Dº Luis de Requesens vestía de negro, con suma sencillez, sin duda para imitar a la que hacía tan célebre a su Señor y Rey.
Descendió el primero y esperó junto a la gradería. Sonaron los atabales, y muchas cabezas se descubrieron; pero el respeto ficticio que inspiraba el gobernador quedó ahogado por la admiración que produjeron los futuros esposos. "



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