La señorita Raimunda (fragmento)Édouard Cadol

La señorita Raimunda (fragmento)

"El anciano quedó algo sorprendido de la calma de la joven. Todo lo esperaba menos esto; lágrimas, súplicas, contra las cuales se había abroquelado previamente...
¿De modo que debía reñir un combate más serio? ¿Aquella calma, aquella firmeza en el acento presagiaban una resistencia tenaz? ¿Se haría necesario recurrir a medidas extremas, a medios crueles, para romper, para quebrar aquel carácter?
La perspectiva le era dolorosa; habría preferido evitarle penas a la joven; sin embargo, tomó la resolución de no retroceder por nada ni por nadie. Era preciso que, a cualquier precio, Raimunda se casara con el conde.
[...]
Todo su pasado se le aparecía como a través de un espejo mágico. ¿Qué le reservaba el porvenir? Fuese lo que fuese, aceptó, sostenida por la convicción de que así rescataba el nombre querido de su madre, amenazado por una intervención judicial. La muerta, que tanto había amado, merced a su sacrificio, seguiría siendo siempre, su "mamá", su buena "mamá". Su hija la excusaba, la creía inocente. Pensando en las condiciones en que iban a casarla a ella, tenía la intuición de que eran parecidas a aquellas que obligaron a Alina a casarse con Oliverio de Barbazán. Y esto era lo que lamentaba Raimunda. Oyendo resonar de pasos, se secó vivamente las lágrimas y esperó: los dos hombres entraron.
[...]
Eran las cinco de la mañana. En el interior de los numerosos hoteles de Niza, una nube de criados barría, lustraba, fregaba escaleras, pasillos, salas, mientras los proveedores del establecimiento iban entregando a los mozos los objetos de consumo que había de absorber la clientela durante todo el día. Las brigadas municipales empezaban la limpieza de las calles. Los carros de la carne y del pan iban al trote largo, volviendo las esquinas rápidamente, sin preocuparse de que podían atropellar al que se encontrara en la acera. De vez en cuando, hombres de todas edades, con el cuello del gabán levantado, despeinado el cabello, las botas polvorientas, el rostro alargado, fumando la punta de un cigarro, atravesaban aquel mundo laborioso y madrugador, para tumbarse en el lecho, después de una noche, pasada en el juego o en el baile.
Cualquiera se habría creído en pleno Montmartre, el amanecer de un día de riguroso invierno. Y a través de las persianas de alguna que otra aristocrática villa, se advertía el luciente amarilleo de las bujías y los ritornelos de la orquesta. En una de estas villas vivían el conde y la condesa de Larima. Sus salones estaban todavía ocupados por escogida concurrencia. De un lado, se danzaba, de otro, se apuntaba al bacarrá, y en el jardín, transformado en comedor, los criados se perdían en un mar de vajilla, sucia, copas a medio vaciar, vituallas abandonadas, ramos, abanicos, guantes olvidados y servilletas tiradas al azar, a la ventura, sobre los parterres. "



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