No me esperen en abril (fragmento)Alfredo Bryce Echenique

No me esperen en abril (fragmento)

"Era un típico atardecer entre las plantas al borde del río y más allá los árboles muy altos y los cerros inmensos, ahí en el colegio. Uno de esos atardeceres típicos, devastadores y callados y demasiado verdes en que Manongo simple y llanamente se extraviaba de amor y de adolescencia. De esos días y de su casi repentino oscurecer quedaría siempre la imagen del muchacho despistado, alto, flaco, argentinamente pelucón y bastante desvencijado que tanta gracia le causaba al Gordo Tarrillo Grasso, sobre todo cuando comparaba al predestinado Manongo Sterne Tovar y de Teresa con su primo hermano el Gordito Cisneros, Tovar y de Teresa también, tan aséptico, sonriente, fácil, bonachón y rosado que desde niño en su familia lo habían llamado Nanano Apolo.
Entre aquellos cerros abrumadores y los árboles tan altos y el río Rímac, más cerca, el colegio San Pablo estaba rodeado de pistas y caminos, hasta de ocultos senderos. Había un camino, una pista en curva que llevaba por otro lugar al río y a lindas casas a ambos lados. Normalmente ahí vivían parejas divorciadas con hijos flaquísimos y solitarios o extranjeros afincados en el Perú y que preferían mil veces el espacio amplio y verde, la quietud y la sequedad del microclima de la zona, ya ligeramente empinada ante los Andes, a la eterna y estúpida nubosidad limeña, a la enclenque y enfermiza humedad de la capital, a sólo treinta o treinta y cinco kilómetros de distancia, y ni siquiera eso. Cerraba aquella pista, aquel lindo camino de jardines a ambos lados con sus rejas y portones para automóviles y las casas al fondo entre enredaderas, la finca ya casi rústica de don Bruno Piazzola. A veces el río crecía y se llevaba un trozo de jardín y se ahogaban decenas de conejos y las chicas Piazzola se angustiaban al regresar del colegio Beata Imelda. Con eso de vivir ahí y así y ser extranjeras y no darse a conocer en Lima y con eso de ser tan bonitas y alegres, las chicas Piazzola como que poseían un aura, un toque de lejanía y misterio, de temor a lo desconocido. Pero Tere Mancini sabía perfectamente bien quiénes eran Laura, Ornella y Rita Piazzola. A Ornella, sobre todo, porque era de su misma edad y muy simpática pero qué guapa y aunque se hubiesen conocido y hubiesen congeniado desde chiquillas, a Ornella Piazzola le tenía pánico por vivir ahí donde vivía, tan cerca del colegio San Pablo. "



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