Caracteres (fragmento)Álvaro Uribe

Caracteres (fragmento)

"Los turistas gregarios recorren Europa en autocares que atascan las carreteras, abarrotan los estacionamientos y contaminan los paisajes naturales y urbanos; él viaja en un coche rentado, un poco menos estorboso, o en el anónimo tren.
Los turistas tribales caminan por las estrechas calles de las ciudades antiguas en grupos compactos que impiden el paso de los demás; él anda por su lado, con un acompañante o dos o a lo sumo tres, que deben detenerse a cada rato para consultar el mapa.
Los turistas voraces despachan con hambre acrítica los menús de comida tan mala como cara que les ofrecen los restoranes amontonados en las plazas; él come en los mismos sitios, porque en los pueblos turísticos no abunda la buena gastronomía, pero se queja de la relación entre el precio y la calidad.
Los turistas incultos se extasían en los museos y las iglesias y los palacios con las palabras de un guía no siempre ignaro a quien le prestan más atención que a los cuadros y esculturas y muebles que supuestamente deben contemplar; él ve el arte con sus propios ojos y lo entiende bien o mal con su propia cabeza, ayudada a veces por las explicaciones someras de un folleto o de la ubicua Michelin.
Refractario a las masas, pero también ayuno de una sólida cultura artística, el turismo de tu amigo Arizta es conjetural. Frente a las cuatro estatuas de hombres maduros con libros en las manos que sostienen el púlpito esculpido por Andrea Pisano en la catedral de Pisa, arriesga: “han de ser los evangelistas”, aunque no podría identificar sino a uno o dos de ellos. Frente al enigma de un laberinto concéntrico labrado en el pórtico de la catedral de Lucca, especula: “seguramente es un símbolo iniciático”, aunque no sepa qué simboliza la imagen ni a qué misterio inicia. Frente a la enorme cúpula con que Bruneleschi coronó la catedral de Florencia, afirma: “aquí se ve cómo el Renacimiento superó a la Edad Media”, aunque no tenga la menor noción de arquitectura renacentista ni medieval.
Pero no todo en la experiencia turística de Arizta se reduce a la lucubración. También tiene momentos de genuino arrebato estético. Al ver la estatua etrusca llamada siglos después La sombra de la tarde, en que la figura en bronce de un adolescente se alarga hasta anticipar la obra de Giacometti, dice: “qué prodigio de modernidad”. Y al divisar en una pared del Palacio Público de Siena el célebre fresco de Simone Martini en que un caballero y su caballo, ambos acorazados, transitan por un paisaje escueto, exclama: “qué pintorazo”.
La reacción emblemática de Arizta el turista a una obra de arte se registró en la Academia de Florencia donde, con la mira ya puesta en el David, opinó sobre los inacabados Prisioneros, como si nadie lo hubiera dicho antes: “haz de cuenta que quieren escapar de la piedra”. No dejaste de escarnecerlo, aunque estabas de acuerdo con él. "



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