Mujeres excelentes (fragmento)Barbara Pym

Mujeres excelentes (fragmento)

"Me alejé en dirección a mi oficina, y cuando vi que la señora Gray había subido a un autobús, entré en una tienda. Como tenía la sensación de que debía huir y ansiaba perderme entre una multitud de mujeres atareadas comprando, seguí ciegamente al gentío que atravesaba las puertas batientes de unos grandes almacenes. Algunas mujeres caminaban deprisa hacia una u otra sección o mostrador, pero otras, como yo, parecían desconcertadas y sin un objetivo fijo, empujadas y zarandeadas mientras miraban sin saber adónde ir.
Paseé entre un bosque de telas para vestidos y me encontré ante un mostrador repleto de frascos de crema facial y barras de labios. De repente recordé la cara tersa de color albaricoque de Allegra Gray cerca de la mía, y me pregunté qué productos utilizaría para obtener un efecto tan llamativo. Había un espejo sobre el mostrador y me miré en él: la cara, descolorida y de aspecto preocupado, los ojos grandes y de expresión asustada, los labios demasiado pálidos. No creía que pudiera adquirir un cutis terso de color albaricoque, pero al menos podía comprarme una nueva barra de labios, pensé, mientras consultaba el catálogo de tonalidades. Los colores tenían nombres muy singulares, pero al final elegí uno que me pareció apropiado y empecé a buscarlo revolviendo en el montón de barras que había en un recipiente.

[…]

Me marché corriendo y entré en un ascensor. ¡Fuego hawaiano, sin duda! No podía haber nada más inadecuado. Esbocé una sonrisa y sólo pude reprimir una carcajada con el súbito recuerdo de la señora Gray, su compromiso matrimonial y la preocupación por la pobre Winifred. Este recuerdo me instó a moverme con tiento, y entré y salí de los ascensores hasta que, piso tras piso, llegué al más alto, donde estaban los lavabos de señoras.
En su interior había una luz mortecina, la clase de luz que nos trae al pensamiento la futilidad de las cosas materiales y nuestra propia mortalidad. «Toda carne, en fin, no es sino hierba...», pensé, observando a las mujeres que se maquillaban con una concentración feroz, abrían la boca de par en par, se mordían y se lamían los labios, se aplicaban en la nariz y en la barbilla toquecitos de polvo. Algunas, que habían abandonado su batalla contra el envejecimiento, estaban sentadas, con el cuerpo desplomado sobre una silla y las manos descansando sobre unos paquetes. Una mujer yacía tendida en un sofá, sin sombrero y zapatos y con los ojos cerrados. Pasé de puntillas por delante de ella, con mi penique en la mano.
Más tarde entré en el restaurante para tomar el té, y allí las mujeres, entre unos pocos hombres que parecían extrañamente fuera de lugar, exhibían una expresión animada, con la cara recién maquillada y el espíritu reconfortado por el té. Muchas estaban satisfechas de sus compras y tendrían algo con que regocijarse cuando volvieran a casa. Yo solamente tenía mi fuego hawaiano y algo no demasiado apetecible para cenar. "



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