Viejo (fragmento)Adriano González León

Viejo (fragmento)

"Sin embargo, tanto para él como para la familia que se fue volviendo trizas, no porque se mataran sus miembros, sino que dejaron de compartir y hubo quien se casó y se fue lejos, hubo quien tomó un barco y no se supo jamás de su vida, hubo quien hizo buenos negocios y se perdió para siempre, hubo la prima hermana que pudo casarse pero el marido se le murió de tisis, hubo los que nos quedamos repartidos, así nomás. pan visitamos los domingos y llevamos un ramo de flores o unos bombones (¡Ah!… sí… unos bombones en cajas doradas con una tapa elegante, con damas que arrastraban sus cabellos sobre el pescante de un coche y palomas que volaban con sus picos de nácar y las cintas de colores que caían del cielo)… nos gustaban esos bombones, yo sé que a mis primas y a mis tías también, porque iban en esas cajas, las cajas eran más importantes que el sabor a chocolate y porque eran cajas que hablaban de un tiempo distante en el cual uno no cabía, un tiempo deseado pero imposible, dulce y melancólico y caballeroso, fino, resplandeciente, un tiempo distinto al tiempo nuestro escoltado por sillas de mimbre, postales, cuadros de almanaques recortados, lámparas de aluminio y cuero y latón, espejos con la imagen torcida o poco clara, con su lamentable mancha por detrás, esa mancha que no dejaba pasar la visión ni que las cosas siguieran hasta el infinito, como creíamos los muchachos, a sabiendas de que solamente era el polvo y los papeles levantados en la orilla de la acera, movidos por un giro del viento, lo que les daba un abandono, un no sé qué, un olor a cosa guardada e inservible, un anticipo del olor del polvo que se almacena aquí, porque no es polvo del infinito como creían los muchachos, sino ese polvo repetido en la iglesia para recordarnos que eres hombre y en polvo te convertirás.
Menos mal que los muchachos creíamos en ese polvo y ese viento distinto que arrastraba los volantines en el cerro. Era nuestro tiempo de luces y colores. El infinito éramos ocho de nosotros acostados sobre el pasto, haciendo fila con los pies y las cabezas, para que ese infinito se multiplicara. Entonces sí es verdad, pensábamos nosotros, que nuestra vida nunca terminará. Los volantines se iban lejos y se perdían, pero viajaban en el viento para ir a encontrar nuestras novias en la escuela. Caían, es verdad, por destreza de nuestros rebotes, en el patio de los juegos y las muchachas levantaban los ojos y seguían cantando su canción.
¿Cantaban para nosotros? Suponíamos que sí. Hoy todavía lo supongo porque todo no puede ser agrio y sordo y sin olor. Las maestras llamaban a eso la ronda pero uno no podía entrar de verdad en ella y cuando nos acercábamos a la escuela cerraban las puertas y ventanas. Pero las muchachas se subían a la azotea y bailaban y nos hacían señales y parecían pájaros o matas de maíz o rosales prendidos o pasto en el río con veradas y cañas iluminadas por el sol. Si las maestras no querían, nosotros podíamos ser amigos con las manos así, en movimiento, de un lado a otro, para que supieran que las estábamos viendo y les gritábamos que bajaran pronto porque las podían descubrir, pero ellas seguían con sus carreras y sus risas y uno se llenaba de amor. "



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