El país de Toó (fragmento)Rodrigo Rey Rosa

El país de Toó (fragmento)

"Estacionó el Samurai a dos cuadras de la Casa, en una calle oscura donde los travestis solían cegar las cámaras de vigilancia; embadurnaban los lentes con lápiz de labios o los cubrían con harapos íntimos. Volvió a entrar en la Casa para recuperar la mochila. Se le ocurrió borrar cuantas huellas pudiera. Comenzó por la silla y la mesa del café, que roció con un líquido desinfectante de un bote atomizador, y luego las repasó con un trapo de cocina. Se dijo a sí mismo que alguien notaría la falta de polvo. Desistió de limpiar más. Subió al segundo piso. En el armario del corredor encontró, medio oculta debajo de unas cajas de cartón llenas de alambres, una computadora nueva y los controles de las cámaras. Decidió llevarse la computadora. Tomó la funda de la almohada de Polo para guardarla, mirando de soslayo la sábana donde estaba, destripado, uno de los escorpiones. Volvió a bajar al primer piso, recogió su mochila y, usando el trapo de cocina para no dejar más huellas, abrió la puerta de la calle y salió, sin molestarse en cerrarla. En una boca de alcantarilla cerca de donde lo esperaba el Samurai, dejó caer el trapo.
Condujo sin contratiempo hacia el sur de la ciudad, rumbo al Trébol. Abandonó el Samurai en la gasolinera Puma, que estaba cerrada a aquellas horas, y, con la mochila al hombro, siguió a pie. Había una luminosidad amarillenta en el cielo, hecha de una niebla muy tenue y el alumbrado público, que daba una luz enfermiza.
En el Trébol el aire olía mal y la gente no era amable. Porque, aunque fuera pasada ya la medianoche, había gente en las aceras de la calzada y debajo del puente del paso a desnivel. Y así, semejante a otros transeúntes de aspecto descuidado y pobre con los que se cruzaba, el Cobra entró aquella noche en una estrecha zona de realidad aparte incrustada en plena ciudad capital. Conocida como el Mercado del Ángel, en el margen circular de una de las hojas del Trébol, entre la Calzada Roosevelt y la Simón Bolívar, bajo un cielo ennegrecido por numerosos cables de alta tensión o de teléfono, se expande una red de puestos de venta y hoteles de paso de una gran densidad. Un área de unos cinco mil metros cuadrados, donde el alquiler es más caro que en cualquier otro lugar de la república —sin excepciones. Ahí tenía el Cobra una red de amigos. Ahí, por algún tiempo, se refugiaría.
Este es un mundo aparte —le había dicho alegremente la vieja amiga de su madre, quien lo introdujo en el mercado, recién llegado de El Salvador, durante su primer fin de semana franco. "



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