La mujer loca (fragmento)Juan José Millás

La mujer loca (fragmento)

"Dice Millás que los encuentros con Emérita comenzaron a resultar penosos. Dado que la vida del escritor resultaba más interesante para la enferma que la de la enferma para el escritor, los papeles se invirtieron y la que preguntaba era ella.
Millás respondía con desgana, ciñéndose a los lugares comunes con los que creía satisfacer su curiosidad, siempre a la espera de que se cansara o se durmiera para encontrarse con Julia. No sin repugnancia, le corroboró el mito de la angustia ante la página en blanco, le confirmó también que sí, que los personajes se revelaban con frecuencia y hacían lo que les convenía a ellos y no lo que le venía bien a la novela, que la inspiración atacaba en los momentos más inesperados, a veces cuando uno estaba en la cola de la pescadería o en mitad de la noche, por lo que convenía llevar siempre un cuaderno en el que anotar estas ráfagas...
Millás sentía asco de sí. Pensaba que si Emérita, al llegar al infierno, decidiera publicar un libro sobre escritores basado en las idioteces que él le proporcionaba, devendría en un best seller de humor negro entre los condenados. Pero, junto al asco, aparecía el cálculo de lo que aquella relación podía reportarle, no por el material que obtenía de la enferma, que le aburría, sino por aquel otro que, si su olfato no fallaba, podía llegar a obtener de Julia. El Millás de acá se hacía cargo del asco y el de allá de los beneficios, aunque a veces, no resultando fácil distinguir los beneficios del asco, tampoco era sencillo diferenciar a un Millás del otro.
[…]
Prácticamente, hemos perdido el contacto con nuestra hija. Mira, yo me casé un poco por casarme. Tenía un temperamento práctico, es imposible montar una ferretería si no tienes los pies en el suelo. Date cuenta de que despachábamos herramientas con nombres terribles, como mordaza o sacabocados. Serafín era más soñador. En la agencia de viajes, realizaba sus sueños al cumplir los de los demás. Ya sabes qué clase de sueños: hoteles, ciudades, países, calles, museos…
Durante años, se traía a casa los manuales de tarifas aéreas y terrestres y marítimas y se pasaba las horas ahí, en la cocina, consultando los libros y construyendo viajes imaginarios a precios inigualables. Le dieron varios premios porque no había nadie que supiera combinar como él las tarifas. Se asomaba al salón y me decía: «Imagina un viaje cualquiera.» «Media vuelta al mundo», le decía yo. «¿Parando en hoteles de tres estrellas?», preguntaba. «Mejor de cuatro», decía yo. Y a la media hora aparecía con una propuesta de ruta que era imposible rechazar por su diseño y por su precio. Resolvía itinerarios como otros resuelven crucigramas. A mi hija le encantaba el juego, quizá por eso salió tan viajera. Pero en un momento determinado algo me ocurrió a mí que lo transformó a él. Cambió de carácter, de hábitos, se volvió otro. Desde afuera, se podría haber pensado que había otra mujer, pero no había nadie, era imposible que hubiera alguien o algo con la vida que llevaba, una vida perfectamente controlable y económica, parecía una vida diseñada también por un experto en tarifas aéreas, una vida chárter podríamos decir, en la que ibas en grupo a todas partes, viendo las cosas a toda prisa y comiendo en restaurantes típicos. Un cuarto de vuelta al mundo volando en seis o siete compañías distintas, algunas con azafatas muy exóticas, y parando de dos a tres noches en hoteles de tres o cuatro estrellas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com