Hecatombe (fragmento)William Gerhardie

Hecatombe (fragmento)

"Tal vez no sea de todos conocido que el señor Frank Septimus Dickin, el novelista, nació en Petrogrado o, como él prefiere decir, San Petersburgo, donde por entonces su padre era Agregado Naval en nuestra embajada. Esta ciudad de austera belleza ha cambiado de nombre dos veces desde que la fundara Pedro el Grande, quien la bautizó en sueco con su nombre. La guerra posterior cambió el idioma al ruso, conservando el nombre, y la Revolución cambió el nombre al de Lenin, conservando el idioma. Sin duda, una ciudad romántica. (En una esquina, una vista del Palacio de Invierno y el embarcadero.) Por aquí pasó Peter. Aquí vivió con miedo y suspicacia el último emperador trágico, mientras Lenin tomaba por asalto la ciudadela con la palabra hablada y la palabra escrita: ¡la capital que pronto llevaría su nombre! El señor Dickin, que adora esta ciudad de piedra con palacios privados, construida por Peter y cantada por el gran poeta Pushkin y rondada por el fantasma de Rasputín, afirma estar vinculado a ella por lazos de sangre, a través de los Romanov. Es una historia romántica que tal vez un día nos revele en su totalidad: el amor que sintió el último y más trágico de los Romanov por la hermosa madre del novelista. Hay cosas en la vida que no resisten el examen indiscreto, cosas que se escabullen a la curiosidad exacerbada de la mente sensacionalista, de manera que el biógrafo ha de retirarse, dar un paso a un costado o detenerse con una reverencia.

Instalado en la cama de una plaza con su mujer, Frank se sentía un adjunto más que un marido, pero pensó que la lectura del artículo rehabilitaría el menguante prestigio del que gozaba ante Cynthia. Aunque no tenía dinero, tenía, al parecer, sangre imperial. Al descubrir la infecundidad financiera de Frank, ella había dicho: «¿Y ahora qué haremos?». Y él había respondido: «Sigue viviendo como hasta ahora, y no me prestes atención». De ahí la cama de una plaza. Cynthia iba a seguir durmiendo en ella como antes, sin reconocer su presencia.
Su vida conyugal se enriqueció con un torrente de recortes que llegaban con cada entrega de correos. El artículo de la señorita Sherwood se reimprimió en algunos periódicos de provincias, y la agencia de prensa de Frank no tuvo dificultad en suministrarle los párrafos de interés biográfico.
«Pretensión imperial» era el titular de un diario norteamericano.
Nos hemos enterado de que, entre los pretendientes al dudoso trono de Rusia, hay un joven novelista inglés, el señor Dickin, que dice ser familiar del zar y tener un vínculo con la capital que se remonta a Pedro el Grande.
Otro recorte, con el titular «Descendiente del zar», decía:
La familia del señor Dickin procede de una rama de Pedro el Grande, y el propio señor Dickin, como acaso no es de todos conocido, es hijo del emperador Nicolás II, fruto de un matrimonio morganático: el último de los Romanov, cuyo reino sufrió la destrucción a manos de el régimen de Rasputín y se consumó con Lenin.
Otro recorte decía:
Mientras dice ser hijo de Rasputín, el lazo del señor Dickin con la corte rusa se remonta, por vía materna, a Pedro el Grande y, de hecho, a más atrás, hasta el primer Romanov, en época del cual un pariente de la señora Dickin era alcalde de Moscú. Así, el señor Dickin está inmerso en la atmósfera rusa. También es autor de Pálidas primaveras (Precio: 7 chelines y 6 peniques).
Con el tiempo, las noticias de prensa se volvieron más enrevesadas e informativas.
La madre del señor Dickin —decía una—, como quizá no es de todos conocido, fue una gobernanta en la corte rusa imperial y amante del zar y luego de Lenin, y su fama se levanta sobre los trágicos pilares gemelos de zarismo y el comunismo. "



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