La casa aislada (fragmento)Ivo Andric

La casa aislada (fragmento)

"No son sólo individuos particulares o grupos de personas los que llegan ante mi casa o entran en mi cuarto, me piden algo, ocupan mi tiempo, alteran el rumbo de mis pensamientos y hacen virar mi estado de ánimo a su antojo. Comarcas enteras o ciudades, calles o viviendas aterrizan, como gráciles visiones llevadas por el recuerdo, con el deseo de hallar aquí, en estas cuartillas mías, su forma definitiva y su significado y explicación reales.
De hecho, de siempre ha sido así. Sólo que ahora, en este silencio estival y esta gran soledad, ocurre con mayor frecuencia y viveza. En mi interior no deja de transcurrir un continuo ajuste de cuentas con las ciudades, y no sólo con las ciudades, sino también con las poblaciones menores y más pequeñas. Los sonidos y aromas en torno a mí, las señales y fenómenos celestes, los cambios y movimientos dentro de mí, los patrones luminosos de mi sangre nativa detrás de los párpados entornados, sentimientos inesperados, e incluso personajes y eventos soñados: todo ello puede generar en mí imágenes de las ciudades y lugares en los que he vivido, por los que he pasado, o que únicamente he visto desde lejos como una silueta afilada en el horizonte. No podría decir ni siquiera de una sola ciudad que haya logrado olvidarla. No se muestran con frecuencia, y nunca varias de una sola vez, pero sé que todas viven en mí y que cada una de ellas, tras muchos años, puede perfectamente aparecer en el recuerdo, agrandada o empequeñecida, pero siempre convertida en una visión inesperada e increíble.
Esto a menudo me cansa, a veces incluso me lo hace pasar mal, pero no soy capaz de detenerlo ni de hacer nada contra ese juego caprichoso y rebelde. Así, ciudades, calles y casas, o sólo partes de calles y casas, surgen en mi conciencia y me hacen nuevas preguntas o me piden, como deuda impagada, respuesta a viejas que no he sido capaz de contestar. Me bloquean el mundo, de modo que repentinamente dejo de ver las cosas que se encuentran en torno a mí, vivas y reales, para percibir únicamente aquello que se ha erigido desde alguna parte de mi interior sin pretender apartarse del camino ni desaparecer de la vista. Así que abandono todo pensamiento y preocupación, dejo de un lado el trabajo y dejo pasar oportunidades, pero me aclaro entre la niebla y el espejismo de espacios lejanos y destinos ajenos.
Era el sur de Francia. Llegué antes del anochecer a una ciudad costera. En las calles reinaba una gran animación. Era la víspera de alguna festividad. Las ventanas de las tabernas y restaurantes estaban adornadas con cintas de papel de colores diversos. Los carteles invitaban a los ciudadanos a pasar allí la velada previa a los festejos. Me hospedé en un viejo hotel en el centro de la ciudad, pero en seguida salí a dar un paseo. Tras una larga caminata me topé en una alejada calle antigua con un pequeño bar en el que no había esa atmósfera festiva. Allí cené. El bar, como toda la calle, tenía un aire crepuscular, un silencio inquietante, estaba prácticamente desierto. Estaban el airado propietario junto al muchacho que le ayudaba. En total habría unos pocos clientes que rápidamente se marcharon, tras haber comido y bebido lo suyo. En una mesa a mi lado había una mujer sencillamente ataviada. Era de piel blanca, escultural y corpulenta, de formas grávidas pero firmes, mas en su rostro y vestimenta había algo de la incomodidad y el silencio de ese bar y esa calle. No era difícil averiguar su verdadera profesión. Ella dio comienzo a la conversación. ¿Era un viajero o iba de paso? Seguro que era extranjero. Le respondí de manera imprecisa y le invité a probar un bocado y a beber. La comida duró un buen rato y la regamos con vino tinto. Tomamos café y nos fumamos unos cigarrillos, tras lo cual me invitó a su casa a tomar una copa. "



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