Con Stendhal (fragmento)Simon Leys

Con Stendhal (fragmento)

"Era difícil saber cuáles eran sus sentimientos respecto a Napoleón. Casi siempre era de la opinión contraria de la que se le exponía. Tan pronto descontento como entusiasta, a veces hablaba de él como de un parvenu deslumbrado por los oropeles, que faltaba de continuo a las reglas de la logique; otras veces le profesaba una admiración casi idólatra. Ya descontento como Courier, ya servil como Las Cases. Las personalidades del Imperio eran tratadas de modo tan variado como su jefe, pero reconocía la fascinación que ejercía el emperador sobre todo cuanto lo rodeaba. Había comenzado una historia de Napoleón que ha sido encontrada entre sus papeles. Puede leerse un fragmento, escrito con brío, de sus viajes por Francia: es la llegada del emperador a Grenoble en 1815.
A juzgar por los relatos de Beyle, me parece que en la época de su juventud había menos egoísmo que actualmente, y que las afectaciones a la moda eran de un género más noble. Así Beyle, por más aficionado que fuese a la buena mesa, se guardaba mucho de reconocerlo. Hasta consideraba tiempo perdido el empleado en comer, y su deseo era que, ingiriendo una píldora por la mañana, se pudiera quitar uno el hambre para el resto del día. Actualmente se es glotón y se tiene a gala. En tiempos de Beyle, un hombre aspiraba, ante todo, a la energía y al valor. ¿Cómo hacer campaña siendo uno gastrónomo?
A Beyle le gustaban las reuniones íntimas y poco numerosas. En un reducido círculo, rodeado de amigos o de gente contra la que no tenía ninguna prevención, se abandonaba dichosamente a toda la alegría de su carácter. No buscaba en absoluto brillar, sino sólo divertirse y divertir a los demás; «pues—decía—hay que pagar entrada». Siempre inspirado, se mostraba a veces un tanto alocado, incluso inconveniente; pero hacía reír, y a los gazmoños les era imposible permanecer serios. La presencia de alguien aburrido o de un espíritu malévolo le paralizaba y no tardaba en poner pies en polvorosa. Nunca conoció el arte de saber aburrirse. Decía que la vida es corta y que el tiempo perdido en bostezar es irrecuperable. Admiraba mucho esta frase de monsieur de M…: «El mal gusto conduce al crimen».
La buena fe era uno de los rasgos del carácter de Beyle. Nadie era más leal ni de trato más fiable. No he conocido a ningún hombre de letras más franco en sus críticas ni que encajara más caballerosamente las de sus amigos. Le gustaba enseñar sus manuscritos y pedía que se anotaran severamente. Por más duras e injustas que fuesen las observaciones, nunca se molestaba por ello. Una de sus máximas era que cualquiera que se dedique a poner las cosas negro sobre blanco no debe extrañarse ni ofenderse si le dicen que es un idiota. Esta máxima la practicaba al pie de la letra, y, por su parte, no era indiferencia real ni afectada. Las críticas le preocupaban mucho; las discutía vivamente, pero sin acritud, y como si se hubiera tratado de obras de un autor muerto hacía siglos.
Beyle adquirió la extraña costumbre de rodear de misterio las acciones más indiferentes, a fin de despistar a la policía, a la que creía lo bastante ingenua como para ocuparse de las charlas de salón. No escribía nunca una carta sin firmarla con un nombre supuesto, como César Bombet, Cotonet, etcétera; la fechaba en Abeille en lugar de Civitavecchia y a menudo las comenzaba con una frase de este tenor: «He recibido sus sedas crudas y las he almacenado en espera de su embarque». Las notas que tomaba sin cesar eran una suerte de enigmas cuyo sentido él mismo a menudo era incapaz de adivinar pasados unos días. "



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