El valor del capitán Plum (fragmento)James Oliver Curwood

El valor del capitán Plum (fragmento)

"Éste desembarcó y permaneció en la orilla hasta que Neil desapareciera de nuevo entre la espesura de hierbas. Luego penetró en el bosque. Consultó su reloj y vio que sólo eran las dos de la tarde. No sentía ninguna fatiga, ni hambre tampoco. Para él el mundo se le presentaba de pronto en una gloriosa promesa y en la quietud de la selva le acometían ganas de dar voz a su alegría cantando. No se había preocupado de pensar en qué podría terminar aquella pasión que tan de repente le acometiera; sólo pensaba en el momento presente, en que Marión no estaba casada y que el Destino le había elegido a él como instrumento de su liberación de aquel yugo de los mormones. No veía otra cosa sino aquellos ojos suaves que con su muda súplica habían dejado en su alma la gratitud, la esperanza y el sufrimiento de su hermosa dueña; no reparaba sino en que pronto ella se vería libre de la misteriosa influencia del rey de los mormones y en que durante muchos días y muchas noches estaría a su lado, en el barco
Nataniel había vaciado los bolsillos de la chaqueta que entregara a Neil y ahora sacó la manoseada carta que rescató de las manos de Obadia Price.
Sentándose en el umbroso bosque para descansar unos momentos, tornó a leer la misiva y las sombras de una pena invadieron su rostro. La carta era de una muchacha. La había conocido muchos años atrás, como Neil conociera a Winnsome; durante su vida aventurera casi había llegado a olvidarla, hasta que recibió aquella carta, y con ella el recuerdo de muchas cosas. Sus ancianos padres seguían viviendo en la casuca al pie de la colina; recibían puntualmente sus cartas, como también el dinero que todos los meses les enviaba, pero los viejos deseaban que fuese él en persona allí. La muchacha había escrito la carta con una franqueza inexorable, diciendo que tras cuatro años de ausencia era hora de volver. Y le dijo también el motivo. Le escribía lo que sus viejos, por temor de causarle una pena, jamás se hubiesen atrevido a decir. Y al final, en una posdata, le rogaba que la felicitase por su próxima boda
Aquella carta había causado una gran desazón en Nataniel. Veía ahora la verdad como nunca la viera; su sitio estaba en Vermont, con su padre y su madre, y el tener que pensar que la muchacha aquélla pudiera pertenecer a otro era desagradable. Mas las cosas habían cambiado. La carta era ahora esperanza e inspiración para él. Con gran cuidado alisó el arrugado papel. ¡Qué espléndido refugio para Marión aquel pequeño hogar entre las colinas de Vermont! El pensamiento le produjo temblor, pero con alegre expectación reanudó su camino a través de la espesura de la selva. "



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