Las torres de Barchester (fragmento)Anthony Trollope

Las torres de Barchester (fragmento)

"Las dos semanas siguientes transcurrieron de forma muy agradable en Plumstead. Todos los allí reunidos parecían llevarse muy bien. Eleanor alegraba la casa, y era como si el archidiácono y la señora Grantly se hubieran olvidado de la ignominia de aquélla con el señor Slope. El señor Harding se había llevado su violonchelo, que tocaba para los demás mientras sus hijas lo acompañaban al piano. Johnny Bold, ya fuera gracias a la ayuda del señor Rerechild o a la del coral y el jugo de zanahoria, superó sus problemas dentales. También disfrutaron de todo tipo de diversiones. Comieron en Ullathorne y, a su vez, los Thorne comieron en la rectoría. Tal y como habían acordado, aprovecharon la ocasión para hacer que Eleanor se subiera a una caja, desde la que fue totalmente incapaz de expresar su opinión acerca de los méritos de las faldas de volantes, que fue el tema elegido para poner a prueba su capacidad oratoria. Como era de esperar, el señor Arabin estaba la mayor parte del tiempo en su parroquia, supervisando las obras de la vicaría, visitando a sus feligreses y haciéndose cargo de los deberes de su nuevo puesto, pero, aun así, pasaba todas las veladas en Plumstead, y la señora Grantly ya se sentía algo predispuesta a reconocer ante su marido que el señor Arabin era una persona bastante agradable.
Asimismo, cenaron una noche en casa del doctor Stanhope. También asistió el señor Arabin, y éste, cual mariposa de la luz, se quemó las alas en las llamas de la vela de la signora. A la señora Bold no le agradó mucho ese gusto —o falta de gusto, como lo llamó— demostrado por el señor Arabin al dedicar tanta atención a Madame Neroni. Era tan infalible que ésta desagradara e irritara a las mujeres como que encantara y cautivara a los hombres. Una cosa era efecto natural de la otra. Era muy cierto que el señor Arabin había quedado cautivado por ella. Pensó que era una mujer muy inteligente y hermosa, y que era comprensible que todo el mundo se compadeciera de ella por su impedimento físico. Nunca había visto tanto sufrimiento unido a una belleza tan perfecta y una mente tan lúcida. En esos términos se expresó el señor Arabin con respecto a la signora mientras volvían a Plumstead en el carruaje del archidiácono, pero a Eleanor no le gustó nada escuchar semejantes alabanzas. No obstante, era muy injusto por su parte enfadarse con el señor Arabin, ya que ella misma había pasado una velada muy agradable con Bertie Stanhope, que le había ofrecido el brazo para llevarla a la mesa y no se había separado de ella ni un momento una vez que los caballeros salieron del comedor. No era justo que ella se divirtiera con Bertie y, sin embargo, negara a su nuevo amigo el derecho a que hiciera lo mismo con la hermana de aquél. Pero eso hizo. Eleanor se enojó con él en el carruaje a la vuelta, y murmuró algo sobre conductas excesivas. El señor Arabin no sabía mucho sobre el comportamiento de las mujeres o, de lo contrario, se habría regocijado con la idea de que Eleanor estaba enamorada de él. "



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