Un país extraño (fragmento)Muriel Barbery

Un país extraño (fragmento)

"Era una joya de varios milenios, embellecida a lo largo del tiempo por los jardineros sucesivos del Consejo, élite respetada en el seno de las brumas por el hecho de que cada uno de ellos había seguido un interminable aprendizaje, tenía un trato permanente con los árboles y su arte armonizaba con el legado de las eras; cuestiones todas estas que los elfos consideran vitales y a las que se entregan cultivando su jardín y venerando a sus árboles. El del Consejo tenía un musgo cuyo terciopelo cubría las raíces de especímenes tan antiguos que dibujaban a ras de suelo un paisaje en miniatura de colinas y hondonadas. Ese día del otoño tardío, los arces resplandecían; en primer plano y bordeando el edificio, una franja de arena surcada de arabescos daba olas al jardín; más allá empezaba el océano de vegetación. Había allí algunas azaleas desnudas ya; aquí, bambús sagrados en racimos de bayas rojas, y por doquier esos pinos que, podados a lo largo de los siglos, toman una forma singular: su forma esencial, la que albergan en su interior y requiere que un jardinero escuche lo que el árbol le susurra mientras los vientos y las tormentas sólo le hablan a su corteza. Se asemejaban a los de los Bosques Oscuros, pero las contorsiones de las negras ramas daban origen, en sus extremos, a cabezas de alfiler aligeradas por el arte de los jardineros en delicadas pestañas, y la coquetería de esos guiños que moteaban la sequedad de la madera recitaba un cántico de sobriedad y de gracia; había que ver esas alas horadadas lanzándose desde la rigidez desnuda de los troncos y ramificándose en el aire a modo de figuras tan gráficas que Petrus se preguntó por tercera vez en dos días si el universo no le estaba murmurando un poema.
En el centro de la escena, las aguas mercúreas de un estanque reflejaban los cielos y las ramas, pero Petrus tardó un momento en comprender lo extraño de su visión. Había que parpadear varias veces para ajustarse a la aberración cromática según la cual el mundo perdía en el agua sus colores y, en el espejo gris de las olas, se desplegaba en reflejos de ramas negras. De esa aleación de metal y tinta nacía un ballet surgido de las forjas del universo donde las estrías de los pinos representaban sobre el mercurio líquido una coreografía monocroma. Con esta escena armonizaban las piedras de tamaños y formas variados que, en las orillas o sobre la superficie del estanque, formaban los promontorios y los puentes de una mineralidad atemporal. Se experimentaba en ellos la fraternidad de las corrientes de rocas y de ríos, se sentía el estremecimiento de una visión poderosa, de un sueño de montaña y arenales. Es la esencia de nuestro mundo, pensó Petrus, y es tan alto el sueño que nunca morirá.
Más allá del estanque, un sendero bordeado de barandas de bambú llevaba a un pórtico con tejado de chamizo. El sendero estaba plantado de lirios de Ryoan que lanzaban miraditas a las camelias de invierno recién abiertas, y detrás se erguían altos bambús y esbeltos arces. Los arces de Katsura tienen una elegancia especial, pues, gracias a que las montañas de brumas forman muralla, la capital de los elfos está al abrigo de los grandes vendavales. Así, las hojas son como en todas partes, cinceladas con una delicadeza tal que los nervios y los bordes forman un encaje vegetal; pero la ausencia de tormentas hace que las ramas no requieran fortalecerse para resistir a las ráfagas de viento y, conservando su flexibilidad, pueden doblarse en la brisa como lánguidas bailarinas. Se levantó un enjambre de bruma, deslizándose entre las ramas antes de evaporarse en perezosos remolinos, y los amigos pensaron que debía de ser agradable contemplar el jardín durante el largo invierno. "



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