Su espíritu inocente (fragmento)Alicia Steimberg

Su espíritu inocente (fragmento)

"Yo ya no podía volverme atrás, de manera que aguanté la tormenta y pocos días después tenía un nuevo par de anteojos. Los que perdí, puesto que no podían servirle a nadie, aún deben dormir, cubiertos de polvo, en algún cajón de objetos perdidos del Colegio. Cubiertos de polvo, llenos de asombro, de dudas, y de una curiosidad terrible.
¡Cuántas cosas quería saber entonces y no me animaba siquiera a preguntar! ¿Cuánto dinero ganaría mamá? ¿Papá la habría querido? ¿Qué se sentía al practicar el coito? ¿Realmente se sufría mucho para tener un hijo? ¿La señorita Granate habría practicado alguna vez el coito? ¿Qué servirían de comer en casa de Lucila, la que venía al Colegio en un coche con chófer? ¿Papá me vería desde alguna estrella? ¿Se avergonzaría de su hija? ¿Sabría que yo seguía queriéndolo mucho, a pesar de que estaba muerto?
Y entre tanto yo tenía que aprender cosas: la vestimenta y costumbres de los griegos y los romanos, los tipos de vegetación en las distintas partes del mundo, con qué se desayunan los ingleses, ejemplos de monocotiledóneas, la aparición de la Virgen de Fátima a los pastorcitos, a dibujar el yeso de la flor de lis en una hoja de papel Canson número cinco, la letra de la plegaria, el número de amonestaciones con que se expulsaba a una alumna del Colegio, el sistema de faltas, medias faltas y reincorporaciones y cómo hacer para que la vieja que vendía sándwiches en los recreos la atendiera a una antes de que tocara el timbre que anunciaba que había que volver a clase. Usted comprenderá que era demasiado. Yo salía del colegio mareada, sin los anteojos, me sentaba en un tranvía equivocado y si el día era primaveral la fiesta en el prado estaba más hermosa que nunca; bajo la luna y las estrellas las niñas y los jóvenes bailaban y se reían y yo me sumergía en mi naranjada con fruición mientras cambiaba miradas pícaras con mi festejante de turno. Él me prometía que de allí en adelante iríamos siempre juntos a la fiesta en el prado. Nos sentábamos en el pasto a beber naranjada y comer sándwiches de miga sin cesar, charlando todo el tiempo.
[…]
Me estremecí. Había tomado un tranvía equivocado y en lugar de andar, como yo pensaba, por la calle Gaona, andaba por la avenida Las Heras frente al Zoológico. Bajé, espantada, y busqué en el bolsillo de mi delantal. No me quedaba un centavo, porque había gastado los diez centavos que me daba mamá todos los días «por si me pasaba algo» en tomar otro tranvía por la mañana, para escaparme del Degenerado.
Permanecí unos minutos parada ante el portón del Zoológico, mirando pasar a la gente que caminaba por allí porque tenía que caminar por allí, y no por haber tomado un tranvía equivocado. Habría vuelto a casa caminando, pero no conocía el camino y sabía que era muy lejos. De pronto vi el tranvía ochenta y nueve y recordé que era el que tomábamos cuando íbamos a pasear a Palermo. Pero no tenía dinero para el boleto. Supongo que hice lo que alguien me contó que había hecho en circunstancias parecidas. Detuve a una señora que me pareció seria y bondadosa. "



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