Falsos pasos (fragmento)Maurice Blanchot

Falsos pasos (fragmento)

"La novela lleva en sí una cierta tendencia a la objetividad, ya sea porque aparece como el retrato de una sociedad, ya porque representa a los seres como sumidos en una acción dramática humana;
en ambos casos exige a la vez que la sociedad o los personajes representados sean todo lo cercanos posible a modelos que cada lector puede imaginarse como reconocibles, y todo lo alejados que se pueda de las singularidades del autor. El novelista, es de todos conocido, no debe narrarse a sí mismo, y lo que hace tiene más oportunidades de comportar una gran significación cuando el relato abarca una realidad más global y, simultáneamente, más concreta, sin hacerla depender de intenciones teóricas visibles. El novelista es un creador sometido al mandamiento de no imitar nada, para dar la sensación de no haber inventado nada; está obligado a no reproducir pura y simplemente particularidades de la sociedad que observa, y, sin embargo, a representar aquéllas que estén en concordancia con dicha sociedad; debe dar la impresión de que ha tomado prestado de algún sitio lo
que constituye su creación, y que ha encontrado en el exterior lo que únicamente puede nacer de él mismo. Es prisionero de su libertad, pero reniega del instinto que le hace libre. Es un hombre sometido por entero a la ley de la verosimilitud. Sin referirse de un modo explícito a esta ley de objetividad, René Lalou recuerda constantemente las obligaciones que impone al novelista, deduciendo de ella una cierta estructura novelística. Así, Paul Bourget falta a la objetividad cuando lastra sus libros con una tesis que no expresa más que un punto de vista personal y abstracto;
también faltan a ella Maurice Barrés o Drieu la Rochelle, que se dedican exclusivamente a formas de su yo, Mauriac, en la medida en que su obra es una vuelta constante sobre los mismo temas, un trasiego de las mismas profundas imágenes, se ve apartado de la vocación de novelista y comprometido con la de poeta. Giono, abandonado a un lirismo incontrolado, se desgarra entre la autobiografía, el poema rústico y la epopeya solemne. Bemanos recibe el doble reproche de no
controlar sus dotes panfletarias, y de fundamentar, a veces, la acción de la novela en postulados inverosímiles. Por el contrario, lo ejemplar en La Nausée de Jean-Paul Sartre no es la visión de un mundo cuyo descorazonador absurdo va unido a una inagotable fecundidad, ni tampoco la tragedia metafísica que narra; lo ejemplar reside, precisamente, en que los personajes y decorados de la tragedia están descritos con un realismo que recuerda al mejor Maupassant. "



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