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El cinturón de Hipólita "Una vez, siendo niña, descubrí a la mujer que me enseñó a montar en bicicleta tiñéndose las canas: se había puesto, porque la resistencia mancha, una camisa azul de su marido muerto. El cinturón de Hipólita es aquella camisa. Mi primera maestra, Doña Cati, enseñó a leer a tres generaciones de españoles a través de sus gafas, ya estando jubilada: Mi-pa-pá es-el-más-gua-po-del-mun-do-y-mi-ma-má-la-más-fuer-te del-pla-ne-ta-tie-rra. El cinturón de Hipólita es aquel par de gafas. El día de su boda con el poeta Manuel Altolaguirre, la poeta Concha Méndez caminó flotando, con su traje de menta, hacia el altar de los Jerónimos: su ramo de novia era un manojo fresco de perejil. El cinturón de Hipólita es aquel ramo verde. Y el modo en que mi madre, a los cincuenta, le cambiaba las pilas a su audífono para asistir a clases en la universidad (las manos son las mismas que, con catorce años, dejaran los compases y dictados para ponerse a amasar pan). El cinturón de Hipólita nunca lo robó Hércules. Hércules robó el oro, pero no la riqueza. ¿Cómo expoliar aquello que se mama, capital invisible, indivisible, cual río sangre abajo? Robó Heracles el oro. Nos dejó la nobleza." epdlp.com |