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Rasero o El sueño de la razón (fragmento) "En la pequeña casa de la calle de Saint-Victor, Denis Diderot hacía acopio de fuerzas para olvidar las terribles noches que había vivido en el torreón de Vincennes. Le resultaba difícil. El olor y las ratas persistían en su memoria, sobre todo el primero. No había conseguido desprenderlo de sus sentidos, porque era un olor tal, picoso y desagradable, de orines y moñigos quemados, de ajos y aceite frito, de cal tostada y pescado rancio, que le había invadido no sólo el olfato, sino literalmente todos los sentidos. Lo tenía en el tacto: sus manos, lavadas mil veces tras abandonar la cárcel, seguían húmedas y pegajosas absorbiendo esa repugnante pócima que parecía entrar en su torrente sanguíneo y viajar por él hasta llegar a la pituitaria, que estaba saturada del olor de Vincennes. La vista también le jugaba malas pasadas, pues creía ver en cada objeto, fuera una mesa, un plato o un libro, una especie de transpiración gomosa: diminutas gotas como el rocío, amarillo-verdosas como la pus. Sabía que esa sustancia era el extracto del olor, que si tocaba cualquier objeto la esencia viscosa se pegaría en sus manos, viajaría por su sangre y llegaría a su olfato. A veces, veía transpirar su propio cuerpo y se sentía como una babosa arrastrándose con el asqueroso olor a cuestas. Llenaba entonces la tina con agua tibia y se sumergía en ella, dejando fuera apenas la cabeza. Sólo de esta forma se sentía bien, descansaba por un rato del olor que lo atormentaba. En el agua tibia, hundido hasta la barbilla, pensaba cómo Marat, muchos años después, acudiría a idéntico remedio y se preguntaba si acaso Marat –ese exaltado jacobino que nunca llegó a conocer– sentiría el mismo acoso del olor." epdlp.com |