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Los animales de ciudad no lloran (fragmento) "Nadia busca con la mirada el reloj de la cocina mientras sus dedos rozan el filo del cuchillo. El metal está frío. No sabe cuánto tiempo lleva ensimismada frente a la ventana, desnuda, la casa a oscuras, observando el Paseo de Gracia desierto bajo la lluvia. Es una vista nocturna de la que nunca se cansa, a diferencia de lo que sucede durante el día, en que las imágenes se repiten. Turistas clónicos fotografiando el mismo ángulo de La Pedrera, con idéntica combinación de cielo azul y farola modernista. Barceloneses que apresuran el paso, esquivando las colas interminables, mientras se preguntan en qué momento su ciudad ha dejado de ser reconocible. Ahora se les antoja extraña, impersonal, convertida en un escaparate más de esas tiendas en las que porteros encopetados te abren la puerta, aunque no aparentes tener dinero y lleves puesto un chándal gastado o una gorra del revés. Ella misma ha hecho la prueba, antes de conocer a Quique, antes de salir de la miseria. Entrar en Loewe, en Louis Vuitton, o en cualquier otra de igual categoría, y fingir estar dispuesta a comprar sin mirar el precio. Es gratificante recibir un trato especial, y, por qué no, ese plus de humillación de la dependienta que está allí para complacer todos tus caprichos, incluso aunque te vayas con las manos vacías. Claro, señora, por supuesto, lo que usted desee, estamos para servirle. Y te lo dice en inglés, en ruso, en chino, en cualquier idioma que exista y que es obligado saber en esta ciudad, ofrecida obscenamente al visitante para ser destripada, como sucede en tantas otras similares en las que, como dice Quique, todo el mundo está dispuesto a bajarse los pantalones por unas monedas. Ella también forma parte de ese inmenso mercado, también se ha vendido para tener esta vista, este ático que la coloca por encima del resto, como si no fuese de carne y hueso, como si la enfermedad o el dolor no pudiesen alcanzarla nunca; igual que los inconscientes invitados del príncipe Próspero del cuento de Poe, que cerraron las puertas del castillo creyendo poder escapar así de la Muerte Roja. Nadia no es como ellos, sabe de dónde viene y, desde hace un tiempo, adónde va, aunque sea incapaz de pertenecer a ningún sitio. Su Mallorca natal está muy lejos en el tiempo y nunca se ha sentido en casa en Barcelona, a pesar de que lleva la mayor parte de su vida aquí. Y es que la mujer que es ahora no tiene nada que ver con aquella niña de seis años, de pie ante los escombros, la mochila del colegio colgada a la espalda, cubierta por una nube de polvo espesa que se le metía en la garganta, en los ojos, en los oídos. Que le impedía llorar o gritar. Paralizada por la angustia de no saber. Por la certeza de que su vida cambiaría para siempre." epdlp.com |