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Un plan sangriento (fragmento) "Mi hermana Jetta nació cuando aún no había pasado un año de la boda de mis padres, y yo la seguí desde el vientre de mi madre tan presto como lo permite la naturaleza. Esta proximidad en edad engendró una relación tan íntima entre mi hermana y yo que difícilmente podría haber resultado más estrecha de haber sido gemelos de facto. Mas, en cuanto a la apariencia externa, no podríamos ser más diferentes. Jetta tenía el rostro alargado y fino y la boca ancha de mi madre. Sus ojos, como los de mi madre, eran azules y ovalados, y su pelo, tan amarillo como la arena. Cuando mi hermana se hizo mujer, la gente siempre comentaba que mi madre, al mirar a Jetta, debía de pensar que estaba contemplando a su sosias. En cuanto a mí, heredé las cejas pobladas, el espeso cabello negro y los ojos oscuros y pequeños de mi padre. Somos, por otra parte, de constitución similar, más bajos que la media y fornidos, de espaldas anchas. Nuestro temperamento, asimismo, reflejaba el de nuestros padres: Jetta era muy alegre y sociable, mientras que de mí decían que era un niño taciturno y lúgubre. Además del parecido que guardaba con mi madre, tanto en apariencia como en carácter, Jetta compartía con ella una gran sensibilidad para con el Otro Mundo. Si nació con este don o lo aprendió de alguna secreta enseñanza de mi madre es algo que no sabría decir, pero ambas eran propensas a tener visiones y sentían un enorme interés por los presagios y los amuletos. La mañana del día en que muriera su hermano, mi madre vio un hueco vacío en el banco donde él tendría que haber estado sentado, tomando su desayuno. Temiendo que se le enfriaran las gachas, salió fuera y lo llamó. Como él no respondió, ella regresó al interior y lo vio ocupando su lugar a la mesa, amortajado en un pálido lienzo gris. Al preguntarle ella dónde había estado, él contestó que en ningún otro lado salvo en el banco. Ella le rogó que no se hiciera a la mar ese día, pero él se rio de su sugerencia y ella, consciente de que la providencia no entiende de pactos, no mentó más el asunto. Madre nos contaba a menudo esta historia, pero solo cuando mi padre no estaba presente, habida cuenta de que él no creía en esos sucesos sobrenaturales ni aprobaba que ella hablara de esa clase de cosas. La vida cotidiana de mi madre estaba dominada por rituales y amuletos destinados a ahuyentar la mala suerte y los seres aciagos. Las puertas y ventanas de nuestra casa estaban festoneadas con ramitos de serbal y de enebro, y mi madre llevaba, oculta entre el cabello, de forma que mi padre no pudiese verla, una trenza de hilos de colores." epdlp.com |