Cuando llegues al infierno (fragmento)Miguel Vasserot
Cuando llegues al infierno (fragmento)

"Era un tipo ordenado, disciplinado y serio. Por culpa del insomnio se levantaba con un mal humor que le duraba dos cafés dobles: el primero en su casa y el segundo nada más entrar en el despacho. Este hombre flaco, de mirada sagaz y forma de vestir anodina, de trajes grises y sombreros de fieltro en igual color, bufó al comprobar que el carruaje para la comisión no estaba en la puerta del juzgado. Ningún funcionario supo decirle tampoco si la policía había solicitado la colaboración de un médico o si, por el contrario, no habría en el hipódromo un facultativo que los auxiliara. Su mal humor lo pagó con el pobre secretario judicial, Juan Planas, al que culpó, con el café en la mano, de no haber movido ni un dedo para acelerar el simple trámite de desplazarse al lugar del deceso. Planas, a punto de jubilarse, no estaba por la labor de discutir. Salió del despacho del juez y en la puerta se cruzó con el inspector de policía don Benito Montero, que entraba en tromba junto a su medio centenar de años, el mismo número que las pocas canas que aún resistían en su cabeza.
Don Benito tenía el rostro de un hombre que estaba de vuelta de todo. Piel blanquecina con algunas manchas en cara y manos, ancho bigote y la mirada inexpresiva del que todo lo observa. Podría haber sido un magnífico jugador de cartas si no fuera porque luchaba contra las timbas clandestinas que se extendían por los tugurios de la ciudad. Salivaba en exceso por una parálisis facial, un defecto que en nada mermaba sus ganas de conversar. Para los que aguantaban sus largas diatribas, esos discursos llenos de esputos y sonidos espumosos solo podían tener una razón que barruntaban en la cabeza de don Benito: «Bastante me jodo yo con el paralís que me dio hace años como para que ahora me tenga que callar por no joderos a vosotros». Traje color marengo, abrigo al brazo y sombrero en mano para saludar al juez, al que ofreció su coche para que la comitiva se trasladara al hipódromo. También informó de que se había avisado al médico de la casa de socorro más cercana.
[...]
Serían las doce y media de la mañana cuando la comitiva judicial llegó al recinto. Olía a campo recién arado. En la puerta principal había mucho trajín. Demasiado. Parecía como si la iglesia más cercana hubiera tocado las campanadas de alarma informando del distrito y el barrio en que se había producido el incidente, de forma que toda la ciudad de Madrid sabía ya de la extraña muerte ocurrida en el hipódromo de la Castellana. El juez Varela mostró su malestar cuando los empleados de una funeraria lo saludaron quitándose el sombrero. No pudo sino comentar que parecían oler la carroña mejor que los buitres.
Con un caminar muy marcial llegaron hasta el grupo que habían formado los dos policías, el médico de la casa de socorro, un cara de tonto y el director del hipódromo, que charlaban como si estuvieran comentando una corrida de toros. A los pies tenían una botella de aguardiente vacía, cortesía de don Agustín. Los policías dejaron de sonreír y se pusieron firmes al oír a su jefe dirigirse a ellos en tono severo, con el sonido gutural característico de la parálisis que sufría."



El Poder de la Palabra
epdlp.com