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El quinto sello (fragmento) "Si el sufrimiento tiene algún defecto, no es otro que el de que los hombres ven demasiado poco de él. Nuestros tormentos permanecen ocultos, y los hombres pasan junto a nosotros sin sospechar siquiera nada de ellos. Y, sin embargo, deberían volverse hacia nosotros con respeto y deberían inclinar la cabeza ante nosotros. El mundo que no estima el sufrimiento, el tormento del alma, ese mundo no es digno del hombre. ¿De qué estamos hablando? De un pequeño, diminuto ser humano que, en lugar de correr tras los placeres pasajeros de la vida, en lugar de preocuparse por los placeres vulgares y cotidianos, en lugar de devanarse los sesos pensando en qué meterse en el estómago, en qué madriguera construirse al pie de algún ciruelo o manzano y en qué escondrijos de los estantes del armario de la ropa interior guardar su dinero, en lugar de todo eso se consume en las grandes cuestiones de la vida, en las cuestiones de la existencia; asume por sí mismo la carga de pensar, no deja de pensar en el destino del mundo. ¿Hay algo más digno de respeto? ¿Y qué hace el mundo con él? ¿Qué ve el mundo de todo ello? ¿Cómo lo estima el mundo? No ve nada de él, ni siente curiosidad por él, ¡ni lo recompensa con nada! Cada vez nos alejamos más del aprecio por los héroes, del respeto por la grandeza... como si nuestro objetivo y nuestra más alta vocación humana no fueran la vida heroica. ¡El objetivo del hombre es el héroe! ¡Conocer este objetivo, quererlo y asumirlo! ¿Qué otra cosa merece respeto? Hemos llegado al punto de que... Ahí están, por ejemplo, las ejecuciones, por no mencionar otra cosa. ¿Sabe hoy alguien dónde y cuándo perece un héroe? Hay dos o tres canallas a su alrededor —y esos son los propios verdugos—, ¡y se acabó! Y ni siquiera voy a hablar de qué clase de sociedad es aquella que tolera en su seno, más aún, que subvenciona, a un hombre, a un ser vivo dispuesto a matar a otros a quienes nunca ha visto, de quienes no sabe nada y que jamás le han hecho daño ni con un dedo. ¿No habría que ahorcar primero al verdugo, por aceptar semejante trabajo? Pero no se trata de eso. Se trata de que, en la Edad Media y aun antes, en los tiempos más remotos, y siempre hasta entonces, cuando alguien moría por una gran fe, por una convicción, por la verdad y cosas semejantes, por otras causas nobles, entonces... allí podía despedirse de la vida ante los ojos de todos, y su último grito podía oírlo, por así decirlo, el mundo entero. Allí estaba ante la horca o ante la hoguera, o ante qué sé yo qué, y la multitud a su alrededor, mujeres, hombres y toda clase de gente... Lo acompañaban con la mirada hasta aquella magnífica destrucción, permanecían allí alrededor de él y veían cómo las llamas mordían su cuerpo, y podían oír cuando gritaba: «¡Vengad mi muerte!», o «¡Muero por vosotros y derramo mi sangre por vosotros!», o cosas semejantes..." epdlp.com |