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Una cadena en el parque (fragmento) "No vas a quedarte aquí todo el día. Apenas había echado la última palada de su desayuno cuando la tía María, acodada frente a él, con un pie menos de altura, el rostro rojo ladrillo y completamente arrugado, aplastado entre las manos, salió de su larga contemplación muda para proferir, con una voz desagradable, aquella penosa exclamación. Él, con la cabeza hundida en el plato, pensaba justamente que ella se parecía a Santo Tomás, el cocinero siempre enfadado y exasperado por una marmita al rojo vivo que le quemaba las orejas, salvo que, si uno lo sorprendía a media tarde, con los hornos apagados, estaba casi siempre de buen humor y afable y, a veces, se dejaba buscar unas galletas en su delantal de grasa, mientras que la tía María, con el pelo erizado y sin hacer nada, puesto que era la tía Rose quien cocinaba y ella soplaba con demasiada fuerza, con un aliento que parecía un viento que precede a la tormenta. Entonces la miró a los ojos con una sonrisa orgullosa, como cuando una vez se había burlado de haber logrado atravesar todas las corrientes de la selva de cactus y que la pantera blanca se las hubiera devorado todas de una sola vez durante toda la noche, y de haber matado al jaguar y vomitado por ello, después de haberlo perseguido durante al menos media milla; y, a la mañana siguiente, todas las corrientes estaban en el refrigerador, con una larga pluma sobre la corneta. Una sonrisa que no se había atrevido a mostrar a Pied-de-cochon sin asegurarse primero de que no hubiera nadie alrededor; pero la tía María parecía más vieja, menos rápida, y él aún no la conocía lo bastante bien como para decidirse, al verla por primera vez, que la víspera había tenido cara de cuervo a juego con el tablero de la silla. Pero no había terminado de ofenderse por su soberbia cuando añadió con una voz ni más ni menos malvada: Ve a jugar fuera. Volverás cuando oigas sonar al ángel." epdlp.com |