Vida en la antigua calzada romana (fragmento)Vahan Totovents
Vida en la antigua calzada romana (fragmento)

"Mi madre va al establo a ordeñar la vaca.
Va y tarda mucho en volver.
«¡Pero, mujer! ¿Qué habrá sido de la nuera?», exclama de pronto mi tía. «¡Fue al establo y no ha vuelto!»
Corren al establo y encuentran a mi madre sentada junto a la vaca, sosteniendo en brazos a un niño de ojos azules.
Ese niño era yo.
[...]
Yo era considerado en la ciudad uno de los mejores fabricantes de cometas. Las hacía de gran diámetro, con largas colas, de colores vivos y muy airosas. En las tardes de verano, cuando sobre nuestros tejados y por entre las calles pasaba una brisa de una ternura extraordinaria, soltábamos las cometas desde los tejados más altos, mientras el sol, enorme como un albaricoque, flotaba todavía en el lecho azul de las montañas de enfrente.
Desde el campo subía la oscuridad violeta; grandes velos violetas descendían y, desde el cielo, caían las estrellas, estrellas, más abundantes que en ningún otro cielo. Para entonces nuestras cometas ya planeaban en el éter azul, multicolores, con grandes faroles.
Cuando el azul se espesaba, las cometas dejaban de verse. Sólo los faroles flotaban en el cielo, abigarrados y luminosos, como lunas arrancadas de su sitio y meciéndose a la deriva, que vagaran sin encontrar su órbita. Cada noche flotaban sobre la ciudad docenas de aquellas lunas. A veces, de pronto, una de ellas ardía: una gran lengua de fuego, sólo un instante, y desaparecía.
Un día había elevado mi cometa, había atado el extremo del hilo al carrete y, despreocupado y orgulloso, me había tendido en un rincón del tejado para contemplar cómo volaba. Volaba más alto que todas las cometas que se elevaban desde los demás tejados.
De pronto advertí que el carrete rodaba. Antes de que pudiera alcanzarlo, cayó desde el tejado de tres pisos directamente a la acera. Aterrado, me incliné y miré hacia abajo para comprobar si había caído sobre alguien. La acera estaba vacía y no había herido a nadie, pero mi espanto aumentó al imaginar que podía haber caído sobre una persona; aumentó todavía más cuando imaginé que podía haber caído sobre mi padre, que precisamente solía regresar a casa a aquella hora.
Se me nublaron los ojos. Apenas conseguí apartarme del alero y corrí escaleras abajo. Corté el hilo de la cometa y empecé a recogerlo apresuradamente. La cometa vino a enredarse en la alta morera del jardín que había frente a nuestra casa. Tiré. Se enredó todavía más. Pensé en subir al árbol para liberarla, pero de pronto el rebuzno del asno de mi padre estalló en la calle."



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