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The Hampstead Mystery (fragmento) "¿Por qué había puesto ella aquella idea en su excitado cerebro? Nunca antes se le había ocurrido. Jamás había pensado en ella sino con bondad. Durante años había guardado en secreto la imagen de Jenny, permitiéndose disfrutar de beatíficos ensueños sobre lo que podría haber sido su vida si Jenny hubiera estado destinada a pasarla a su lado; si hubiera podido disfrutar de su presencia, deleitarse con su belleza, sentirse desdichado cuando el pensamiento de que algún día, inevitablemente, tendría que entregarla a otro hombre cruzaba por su mente. Pero nunca había hecho otra cosa que amarla. Sin embargo, ahora que la tenía a su merced y ella se reía burlonamente en su cara, mientras aquellas palabras —«Te odio»— aún resonaban en el aire, algo penetró en Henry Hindes que nunca antes había existido en él. Una furia salvaje porque ella lo rechazara, a él, su amigo de tantos años, y amara a Frederick Walcheren; una desesperación enloquecida ante la certeza de que jamás poseería su belleza y de que otro hombre tenía el derecho legal de deleitarse con ella día y noche durante el resto de sus vidas; mientras él tendría que permanecer al margen, desconcertado y decepcionado. Y entonces, una resolución desesperada de salvarla de una mayor contaminación y salvarse a sí mismo de una vida de anhelo. Y el demonio que habita en todos nosotros brilló en sus ojos. Con un solo impulso, sin apenas calcular cuáles serían las consecuencias, actuando más por el impulso de lo que quería hacer que por la conciencia de lo que estaba haciendo, empujó violentamente a la muchacha y lanzó su ligero cuerpo por encima del espantoso abismo que los separaba de la playa, allá abajo. Todo ocurrió en un segundo, más allá de cualquier posibilidad de arrepentimiento o de deshacer lo hecho. Un instante antes, Jenny estaba frente a él con su belleza burlona; al siguiente, no había más que un vacío, y ni siquiera la huella de sus pisadas quedaba sobre la corta hierba donde había estado. Henry Hindes permaneció inmóvil durante medio minuto; después se dejó caer hasta quedar sentado y comenzó a temblar como si lo hubiera acometido una fiebre. No miró por encima del acantilado para comprobar qué había sido de su víctima. ¡Lo sabía demasiado bien! Había echado un vistazo al precipicio antes de encontrarse con ella y había visto que consistía en una línea ininterrumpida de acantilados de creta que descendían precipitadamente hasta la orilla cubierta de guijarros. Sabía lo que vería si miraba hacia abajo, y no se atrevía a hacerlo. Se limitó a permanecer allí sentado, temblando como una hoja de álamo. Un sudor frío le cubrió el rostro y grandes gotas se acumularon sobre su frente, pero no levantó la mano para secárselas. Permaneció mudo e inmóvil, temblando. Al cabo de un rato, algún instinto le advirtió que debía moverse, regresar a la ciudad, y que no sería conveniente que lo encontraran sentado tan cerca del lugar. Intentó entonces ponerse de pie, pero descubrió que no podía. Así que se dio la vuelta y se alejó gateando durante cierta distancia, apoyándose en las manos y las rodillas. Una brisa fresca había comenzado a soplar desde el mar, y lo reanimó lo suficiente para permitirle ponerse de pie y emprender, con paso tambaleante, el camino de regreso." epdlp.com |