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La hoguera lame mi piel con cariño de perro (fragmento) "A primera hora mandé mensajero portador de noticias: Que Juan Ángel estaba enfermo, que tenía fiebre, que le había sacado una ponzoña del talón. En cuanto se aliviara volvería a servir al amo Efraín. Enterado el amo padre pasaría, una tarde, a arreglar cuentas conmigo, a reprocharme que considere a mi hijo. Tus carantoñas lo vuelven haragán, dice. Le sirve a su hijo, digo. Servir es su función, dice. Le he dicho, sin embargo, que mi hijo deberá serme restituido en cuanto viaje el amo menor, a no ser que este se lo lleve. En caso de que esto se realice, mi Sundiata tiene instrucciones precisas: aprender y buscar su rumbo. Durmió hasta tarde. Sobre la mesa le había dejado leche y melao con pandihorno y carne seca. Yo estaba despachando la mula lechera cuando me abrazó: Madre, madre, dijo. Fuimos al potrero, estuvo ayudando a apartar el ternero para el destete. Luego, en la cocina, partió leña. Lo habían visto rondando en las tardes, dispersando los caballos y enfureciendo los perros, dos habían desaparecido sin dejar rastro y a pocas varas de la empalizada habían encontrado blanqueados a dentelladas huesos frescos de un potro. Estaba por superarse la exigua caza de venados y loros, pellares y guacharacas, puro ejercicio de puntería, esparcimiento, nada digno de memoria. Ahora el amo no se iría sin su trofeo, en discreta exhibición llevará la piel, hermano mío de nación la cargará, y aquel, adelante, desentendido. Luego, en su aposento de Londres ha de estar en lugar visible, un tigre no muere en vano. Por mi hijo nos enteramos de que los señores José y Braulio, apenas llegaron a la casa, desollaron el animal. Y no se necesita testigo para saber que un talabartero forrará algún baúl, pero quedará faltando y de eso, por algún medio caerá en cuenta el amo menor, faltará quien relate la hazaña. Que no se le vaya a olvidar que todo lo registra Juan Ángel, suma doom. Se difundieron entonces la noticia y los rumores sobre los preparativos: José empezó a rastrearlo, le puso cebos, organizó el grupo, Braulio, su pieza clave, ya avisado, moderaría sus propias destrezas, él solo sería capaz de cazar un tigre adulto. Previno a los terrazgueros, Tiburcio fue el encargado de ponerlos al tanto y de prohibir la incursión por los bosques. Destinado ya estaba el héroe para la hazaña. En Santa Ruda, tal es mi nombre para esta hacienda, la ranchería estuvo pendiente de sus niños. Cuando los hermanos se recogieron en sus chozas, mi hijo y yo hicimos la ronda de costumbre, los perros nos seguían a saltos, una hoguera reverberó por el poniente y el tono sostenido de Matías se dejó oír. Después, también nos recogimos en el aposento, mi hijo y su sombra, yo y mi sombra, completos los cuatro a la luz de la vela. La suya se proyecta en la pared y crece hasta el techo. Va a empezar a hablar y agacha la cabeza, yo se la levanto, le tomo la barbilla, le hago una caricia y le indico sus ojos y los míos: que no dejen de mirarse. Los suyos me alumbran el camino de vuelta. Le pregunto, aunque poco importe, quién cargó el tigre, si el caballo de Braulio o el de José. El del señor Braulio que lo merecía, madre. Pero yo no sabía que él era malo. Nota del Editor. Fue reeditada por Seix Barral en 2017 con el título Afuera crece un mundo." epdlp.com |