Copitas, de En construcciónMori Ogai

Copitas, de En construcción

"Precisamente en ese instante, el sol alumbra con mayor intensidad, y las siete copas resplandecen. Siete serpientes de plata se lanzan hacia el manantial.
Las copas son idénticas, y cada una lleva inscritos los dos ideogramas que correcponden a la palabra "naturaleza". Son caracteres escritos en un estilo extraño. ¿Original o propio de alguna escuela?
Las niñas, una por vez, recogen agua de la fuente y beben. Beben frunciendo sus labios rojos e in flando sus mejillas sonrosadas. De distintos puntos de la arboleda llegan zumbidos. Las cigarras afinan sus voces. Cuando se despeje el cielo de nubes blancas, y el sol alumbre con toda su fuerza, estos cantos harán temblar la montaña.
En ese instante una niña solitaria sube por el sendero, y permanece de pie tras las otras.
Es la octava. Es más alta que las demás. Aparenta tener catorce o quince años. Su cabello dorado está recogido con una cinta negra. En su rostro ambarino se destacan los ojos azules. Infinitamente maravillada contempla la naturaleza que la rodea. Sólo sus labios son tenues, de un rojo suave. Lleva puesto un vestido gris con cuello negro.
¿Será una niña occidental nacida en Oriente? ¿Una euroasiática?
La octava niña saca su copa del bolsillo de su falda. Es una copa pequeña.
¿De dondé provendrá tal cerámica? Es del mismo color que toma la lava fría arrojada de su pozo de fuego.
Las siete niñas han terminado de beber. Los círculos concentrics que se formaban cuando se sumergían sus copas en el agua han desaparecido. Otra vez el agua mana formando una superficie tranquila.
La octava niña, abriéndose paso entre las mangas violeta, se acerca a la fuente. En ese momento las siete se dan cuenta de que perturba su armonía. Y ven la pequeña y oscura copa que sostiene en sus manos blancas. Jamás habrían imaginado algo así. Los siete pares de labios rojos permanecen entreabiertos, mudos.
Las cigarras cantan y cantan. Por un largo rato es el único sonido que se oye.
Por fin, una rompe el e silencio.
– ¿También tú vienes a beber?
Su voz suena suspicaz e irritada.
La niña asiente en silencio.
– Tu copa es rarísima. Déjame verla - le dice con el mismo tono receloso y despreciativo.
La octava niña extiende su copa del color de la lava sin decir una sola palabra.
Le quitan la pequeña copa de sus dedos delgados, y ésta pasa de una mano rolliza a otra sonrosada.
– ¡Qué color tan extraño y vulgar!
– ¿Será porcelana?
– Debe de ser piedra.
– Parece recogida de las cenizas de un incendio, ¿no?
– O desenterrada de una tumba...
– De una tumba. ¡Eso es!
De las siete gargantas brotan risas tintinenantes como pequeños cascabeles de plata.
La octava niña deja caer los brazos, laxos, a ambos lados. Sus ojos del azul de las centáureas miran el vacío.
– ¡Qué insignificante!, ¿verdad? -dice una de las niñas.
– Sí que lo es. Imposible beber en ella -agrega otra.
– ¿Te presto la mía? -dice otra con voz comprensiva, al tiempo que le ofrece su fulgurante copa de plata con los ideogramas de "naturaleza".
Los labios de la octava niña que habían permanecido sellados hasta entonces se abren por primera vez . "Mon verre n´est grand mai je bois dans mon verre." Es una voz melancólica pero penetrante. "Quizás mi copa no sea grande, pero beberé en ella", ha dicho.
Las siete miran con inocencia. No comprenden su idioma.
Los brazos siguen colgando laxos, a ambos lados. No es necesario comprender su lengua. su actitud claramente expresa su voluntad sin dar lugar a malentendidos.
Entonces la niña que se la había ofrecido retitra su copa de plata, la reluciente copa grande con la inscripción "naturaleza". La otra le devuelve su oscura copita. Le entrega la pequeña copa oscura como la lava fría arrojada de su pozo de fuego.
La octava niña recoge con calma unas gotas del agua del manantial y humedece sus tenues labios rojos. "



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