El Príncipe y las Ovejas (fragmento)Enrique Lafourcade

El Príncipe y las Ovejas (fragmento)

"Escapó cuando cantaban los gallos en el pajar, antes que los labradores le corrieran. La noche fue fría. Durmió mal. En la paja blanda, olorosa, tuvo un sueño. Iba bajando, se hundía. Con los ojos puestos en las estrellas heladas. Despertó casi ahogado, con la paja al cuello. Luego, a la carrera por las colinas bajas, entre los viñedos, para entrar en calor. Ahora estaba sobre ese promontorio rocoso, frente al mar. Abajo, en una playa solitaria, las gaviotas se disputaban un cadáver. Tenía hambre también. A pesar de su larga práctica de ayunos, sentía crepitar las tripas. Dos días sin probar alimento. Quizá si en esa fattoria le dieran leche, algo de pan. Súbitamente se acordó de que llevaba dinero, mucho dinero, como para comprarse entera la fattoria si lo deseaba. Se palpó el pecho. Allí lo sentía, tibio, preservándolo del frío. No alcanzó a cambiar ni una libra en Roma, y los rústicos desconfiarían. Tenía que llegar a un pueblo. ¿Dónde estaba? ¿Cerca de Florencia? ¿Más allá? A veces oía campanas, viejos bronces en lo alto de las torres de piedra y mármol, bronces que tocaban hacía más de cuatrocientos años. Tañidos potentes que desprendían las aceitunas maduras. Había advertido desde unas colinas las torres altas de Siena, con sus muros almacenados y sus mármoles grises, negros. Dos días de fuga. Dos días en que su cuerpo se le volaba, se le desprendía de la conciencia, solo, independiente, con una veloz autonomía. Correr tras el cuerpo, recuperarlo. Tenía que entrar, clandestino, en su propia envoltura. Lejos estaba ya Roma, la ciudad muy santa, la ciudad de su adolescencia, de parte de su adolescencia. Roma, fría y terrible, adonde llegara de quince años, con su tío. Una ciudad construida sobre la muerte misma, sobre cadáveres, sobre osamentas. ¡Hacia el norte! ¡Hacia el norte! Alejarse de Roma. En un camión, primero. Luego, en el autobús. Y, ahora, a pie, a campo traviesa, en la Toscana deslumbrante de trigos y olivos, en la Toscana etrusca, con sus fuentes de alabastro, con sus rocas de alabastro rosado y celeste, entre los caminos. Allí estaba la vida. Fuera de las ciudades, sobre las colinas donde señorearon los caballeros de la guerra. Entre las sementeras devorando unos granos de trigo semimaduro, desgajando sus espigas. ¡Hacia el norte! ¡A buscar la frontera! Los hombres, entre las hierbas, buscaban las fronteras. Con sus libras abrigándole el pecho flaco. Ahora el sol aparecía, allá lejos, detrás de las torres de piedra. Volaban las cigüeñas remontándose. Los cuervos, en las colinas de los caballeros de la guerra, cavaban enterrando joyas, collares de amatistas, una aguja de oro, un antiguo objeto que parpadeaba violento con su luz agonizante, cubriéndose de gruesa tierra italiana. El sol encendía las rocas y el mar próximo, el Mediterráneo vacilante. "


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