Academia Berlitz (fragmento)Jeno Heltai

Academia Berlitz (fragmento)

"Al día siguiente, Kalman volvió a casa con un manual de inglés. Tres veces por semana, de seis a ocho, iba a estudiarlo a la Academia Berlitz. Como yo no sé nada de inglés, no podía calcular sus progresos. Pero mira por dónde, que cuatro meses más tarde reclamaba el Times en el desayuno, y lo leía con deleite.
¿Por qué negarlo? Estaba muy orgullosa de mi marido, pronto hablaría el inglés de manera impecable. Tú ya sabes, querida Ilonka, lo simple que soy. Cualquiera que sepa más que yo me domina, hasta mi marido... Llegué incluso a preguntarle en voz alta, para que todo el mundo me oyera:
—¿Ya leíste el Times esta mañana, querido?
Kalman estudiaba con mucho empeño. Por nada en el mundo hubiera faltado a una clase. Cuando volvía a casa, parecía tan fatigado que sentía lástima por él. En varias ocasiones le pregunté:
—¿De veras que no te van a fatigar tantos estudios?
—No te preocupes, amor —me contestaba él, riéndose—. Me gusta tanto estudiar inglés que no me canso.
Seguía sus esfuerzos, tranquilizada y feliz. Sus progresos eran sorprendentes. Un mes después de abrir el Times por primera vez, trajo una novela inglesa que pasó por delate de mis ojos, diciendo con aire de triunfo: —¡Vas a ver lo que voy a leer ahora!
—Te envidio —le dije con un suspiro—, cuando pienso que vas a poder leer tantos libros que yo nunca entenderé.
Mi pena era tan sincera, que mi marido se conmovió. Me dijo, con ternura teñida de superioridad:
—¡Ah, muchachita sin cultura, no te preocupes! Yo leeré el libro y después te lo contaré, ¿quieres?
Aplaudí. Yo también iba a recoger algún beneficio del inglés. ¡Cómo recuerdo aquellas tardes de invierno, después de la comida, en que escuchaba con fervor a Kalman improvisar para mí con paciencia admirable, la traducción de largos pasajes de una novela. Escenas de amor y de crimen, sobre todo. Yo sentía un placer que se elevaba por encima de mí, y le estaba infinitamente agradecida.
(...)
Kalman me estaba tomando el pelo desde hacía dos años, presentándome los frutos de su fértil imaginación como las obras de los mejores autores ingleses. Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Por penoso que me fuera, tuve que admitir que sólo había una razón: que no sabía inglés.
Salí corriendo hacia la Academia Berlitz, y supe que aquel alumno, aparentemente tan aplicado, no había puesto nunca los pies en tan honorable establecimiento. Era completamente desconocido. ¿Dónde pasaba, pues, su tiempo, tres veces a la semana, de seis a ocho, desde hacía dos años?
A esta pregunta sólo podía contestar de una manera, que es la que se le ocurre enseguida a cualquier esposa: con su querida.
Y era cierto. No me extenderé sobre las circunstancias. Las pruebas se encuentran ya en poder del abogado. Por otra parte, Kalman lo confesó todo. Nos divorciamos. Kalman me suplica que le perdone. No puedo hacerlo. Pasé lo de engañarme con otra. Pero haberme ridiculizado para siempre con Dickens, Poe y otros grandes escritores, es lo que nunca perdonaré. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com