Discurso de la servidumbre voluntaria (fragmento)Étienne de La Boétie

Discurso de la servidumbre voluntaria (fragmento)

"¡Qué pena, qué martirio, Dios mio! Pasarse día y noche placiendo a un hombre y desconfiando de él más que de cualquier otro. Estar siempre ojo avizor, con los oídos bien abiertos, tratando de saber de dónde vendrá el golpe, de descubrir emboscadas, de escudriñar el semblante de los competidores y adivinar dónde está el traidor. Sonreír a cada uno y desconfiar de todos, no tener enemigo abiertamente proclamado ni amigo seguro. Mostrar siempre un rostro sonriente aunque el corazón esté helado. No poder ser feliz ni poder atreverse a estar triste.
Resulta gracioso considerar que es lo que obtienen a cambio de ese gran tormento, de esa fatiga y de su vida miserable: el pueblo no acusa al tirano de los males que sufre, sino a ellos, los que le gobiernan. De ellos, conocen sus nombres y narran sus vicios los pueblos, las naciones, todos a porfía, incluyendo a los campesinos y labradores. Acumulan sobre ellos ultrajes, insultos y juramentos. Todas las oraciones y maldiciones se dirigen contra ellos. se les atribuye todas las desgracias, pestes y hambrunas. Y si a veces se finge rendirles homenaje, a la vez se les maldice desde el fondo del corazón y se les tiene más horror que a las bestias salvajes.
Ese es el honor y la gloria que, por sus servicios, recogen entre personas que no quedarían satisfechas ni medio consoladas por su sufrimiento si cada una pudiese tener un trozo de su cuerpo. Incluso tras su muerte, el nombre de estos "tragapueblos" será oscurecido por la tinta de mil plumas y su reputación desgarrada en mil libros. Hasta sus huesos son arrojados al fango para toda la posteridad, como si se quisiera castigarles después de muertos por su malvada vida. "



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