El esnobismo de las golondrinas (fragmento)Mauricio Wiesenthal

El esnobismo de las golondrinas (fragmento)

"Hablaba muy rápido, como si su madre le hubiese enseñado en la cuna una lengua mágica para llevar siempre la razón y que los hombres no pudiésemos negarle nada. Y sabía elegir el momento preciso para ofrecerme la malvasía de Chipre que guardaba -entre libros prohibidos, jarras de bello cristal bizantino, estaños franceses y toneles decorados con figuras de ángeles- en una habitación húmeda de la planta baja de su palacio, iluminada sólo por cuatro velas que ardían delante de la Madonna.
Aún regresaré este año a entregarle mis narcisos negros. Escucharemos juntos el sonido de las campanas, dulce como el satén satán de sus vestidos. Al llegar la madrugada -sólo por acariciar su nuca- caeré una vez más en la trampa de deshacer las vueltas de su trenza, recogiendo una a una sus agujas de plata. Me vencerá su ruego. Pero, al irme de su lado, le dejaré el último adiós en la copa, mal apurada, del último beso. Y no volveré a oler el perfume maldito y embriagante de sus jardines secretos, ni miraré sus ojos cuando se quite la máscara, ni volveré a aceptar sus alianzas de oro, ni me dejaré arrastrar por sus sobornos de vino dulce, de dolor y de deshonra. Y así me alejaré de su pañuelo; ayer estúpido gigoló y hoy -ya tarde, vencido por amor- poeta viejo.
(…)
Nací en noviembre, cuando sopla el bora sobre Venecia y comienza la temporada de los esnobs en el Gran Canal. Venecia se desnuda y respira: su cuerpo huele a yodo, a sal y a mar. Y una luz clara -profunda como un psicoanálisis- deja ver los arrepentimientos de los cuadros de la Accademia.
(…)
Se van también los viejos cafés donde nos fuimos convirtiendo en escritores, deshojando las flores, malgastando la vida y soñando en la gloria. Porque el café fue siempre el hogar de los que vivimos de alquiler, defendiéndonos de la propiedad en el calor de la tribu: cafés con pianista, merenderos de parque donde se quedaban las manos heladas y era más fácil darse un beso que acabar un verso, cafés de velador de mármol y divanes rojos, tabernas de puerto y de mala vida; aquellos cafés de París, que se perdían entre nubes de poesía, como vagones de terciopelo antiguo; y el Caffè Greco de Roma, donde quemábamos tabaco en honor de Liszt, mientras la tarde -convertida en rapsodia y humo- se derramaba por las escaleras de la Piazza di Spagna; y los cafés de Venecia, donde las páginas blancas se nos volvieron hojas húmedas, violines negros, góndolas náufragas; y aquel café turco de la colina de Eyüp que nos enseñó a vivir con ilusión el crepúsculo; y los cafés de la vieja Ginebra, santuarios donde veneramos con ofrendas de perfume, a la Madonna de la Malinconia de nuestra bohemia; o los cafés de Viena, donde se volvieron amarillos los periódicos de nuestra juventud, en aquellos días mágicos que convertían las cartas en flores, las hojas en abanicos, y la pena de escribir en una especie de alegría; sin saber por qué, pero sin preguntarse nunca cuánto.
(…)
Hay aquí en los jardines del Pincio una clepsidra que marcó mis horas más felices de Roma, cuando me citaba con una amiga inglesa en una alfombra de hojas caídas. Caminábamos en otoño, bajo los árboles teñidos de púrpura, perdidos en una acuarela. Algunos días la llevaba del brazo, por el Viale delle Magnolie, hasta el lago de Villa Borghese, donde paseábamos entre los cisnes, como dos enamorados liberty. Pero otros días, recitándole malos sonetos, la llevaba por la vía de la amargura, hasta el templo de Esculapio, pisando brumas, afilando plumas, rimando cuartetos y tercetos, torpezas y asperezas, pensamientos y tormentos, entres flores y amores… desventuras: libre, enamorado -airado y dolorido-, castigado, apartando las hojas caídas que el viento le escribía y, por celos de mis propias fantasías, malherido… Recuerdo una pradera donde, en el mes de noviembre, cuando las hojas caían bajo un viento ligero, se olía el perfume de los narcisos. Había un inmenso silencio. Y el silencio en Roma es como una huelga general… Me gustaría escribirle ahora una carta a mi amiga inglesea y decirle: Ya no escribo, pero -si aún paseas en otoño por el Pincio- piensa que soy yo quien te envía las hojas caídas… Ella olía como mi terraza romana, a albahaca. No sé si en sueños yo tendía cada noche su ropa blanca entre mis macetas. "



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