De Buonaparte y de los Borbones (fragmento) Chateaubriand

De Buonaparte y de los Borbones (fragmento)

"No, nunca podré creer que es sobre la tumba de Francia sobre la que escribo; no puedo convencerme de que después del día de la venganza no llegue el día de la misericordia. El antiguo patrimonio de los reyes cristianísimos es indivisible: no perecerá jamás este reino que Roma moribunda alumbró en medio de sus ruinas, como prueba última de su grandeza. No son únicamente los hombres quienes han gobernado los acontecimientos de los que somos testigos; en todo esto resulta visible la mano de la Providencia: Dios mismo marcha a cara descubierta a la cabeza de sus ejércitos y se sienta en el Consejo de los reyes.
¿Cómo explicar, sin la intervención divina, tanto la prodigiosa ascensión como la caída aún más prodigiosa de aquel que hasta no hace mucho pisoteaba el mundo con sus pies? No han pasado quince meses desde que estaba en Moscú, y los rusos están ahora en París; todo temblaba bajo sus leyes, desde las columnas de Hércules hasta el Cáucaso; y ahora anda fugitivo, errabundo, sin amparo: su poder se ha desbordado como el flujo del mar, y se ha retirado como el reflujo.
¿Cómo explicar los errores de este insensato? Y todavía no hablamos de sus crímenes.
Una revolución, preparada por la corrupción de nuestras costumbres y por los extravíos de nuestro espíritu, estalla entre nosotros. En nombre de las leyes se produce un cambio radical en la moral y en la religión; se renuncia a la esperanza y a los hábitos de nuestros padres; se profanan las tumbas de nuestros mayores, única base sólida de todo gobierno, para fundar sobre una razón incierta una sociedad sin pasado ni futuro.
Vagando en nuestra propia locura, perdida toda idea clara de lo justo y de lo injusto, del bien y del mal, hemos pasado por las distintas formas de gobierno republicano. Hemos llamado al populacho a deliberar, en medio de las calles de París, sobre los grandes asuntos que el pueblo romano iba a debatir al Foro, tras haber depuesto las armas y haberse bañado en las aguas del Tíber. Entonces salieron de sus refugios todos esos reyes semidesnudos, sucios y embrutecidos por la indigencia, afeados y disminuidos por sus penalidades, sin otra virtud que la insolencia de la miseria y el orgullo de los harapos. La patria caída en semejantes manos no tardó en estar cubierta de plagas. ¿Qué nos queda de nuestros furores y de nuestras quimeras? ¡Crímenes y cadenas! "



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